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30 jun 2013

Escritos literarios 8 Filosofía, moda primavera



FILOSOFÍA, MODA PRIMAVERA

¿QUÉ LEER?


Cada año se publican cientos de miles de libros en inglés, en español, en chino... En algún lugar han de aguardar millones de personas curiosas de leerlos o poseerlos. Hay incluso fervoroso público que espera la continuación de su obra favorita. Pero sólo un porcentaje básico de lo publicado tiene su venta asegurada. Además de los éxitos en curso hay que arriesgar continuamente. Una parte de la apuesta editorial ha de ir a la búsqueda de un «buen producto» —según múltiples categorías de lo bueno, ¿quién no lo tiene claro?—

Millones de personas serán consumidoras de un solo libro o de unos pocos, en su vida no necesitan más. Una guía de viaje, un libro de cocina, una novela recomendada en el instituto o un regalo incómodo. Es normal, el libro no es un instrumento de trabajo válido para muchas personas. Tampoco pasa a ser un modo de ocio estable, sobran alternativas. Otros, durante sus años de formación, llegarán a barajar varias decenas de libros que guardarán probablemente siempre hasta que, heredados, alguien los ventile en algún rastro. Una minoría de la humanidad es lectora habitual, y, así, caen cinco, diez, o quince o veinte libros al año. Algunos leen más, por hábito, por necesidad o por patología. La mayoría lee novelas, algunos catan también los ensayos. Además de leer han de almacenarse para las consultas, los intelectuales, los bibliófilos y el obligado aprovisionamiento de las bibliotecas públicas (¡ay del libro que no se reedita!).

Uno de los problemas centrales en esta jungla es perderse o tropezar o quedar insatisfecho, porque ¿qué leer? Nadie mejor que el propio lector, si conoce sus gustos y sabe lo que le conviene. Ése suele ser el problema. Están los escaparates, los estantes, el manoseo, el hojeo y ojeo para decidirse. Una pista, una frase, una sugerencia, un gancho, un reconocimiento... a veces bastan para resolverse y para arriesgarse. El riesgo como emoción del buen lector. Y la norma de leer un mínimo suficiente de páginas hasta dejar patente que aquello es un intento fallido o hasta que, al contrario, nos atrape nos interese o nos enseñe algo. ¡Qué diferencia entre leer indagando en las inquietantes mudas líneas o leer subido al ritmo de un entretenimiento prometido! Dos ideas de lectura totalmente distintas.

Entre el libro físico y el lector físico hay todos esos espacios intercalados, submundos y pasadizos que se han ido haciendo habituales y hasta en parte necesarios en el mercado y el trasiego bibliográfico: las reseñas y las críticas de libros. Esta misma que lees, lector, ahora. Y en tan variado mercado, con sus correspondientes especialidades, y entre ellas, una: filosofía y sus imperios. La cuestión a estas alturas sigue siendo la misma: ¿qué leer, y, concretamente, qué, si me atrevo por el ensayo o por los temas filosóficos? Y yo qué sé querido lector, si hay tanto y tan variado y tan constante que puede uno marearse. Sin embargo, para evitar la parálisis del deseo o la modorra mental o la insipiencia del simplificador que todo lo desprecia en medio del aprecio universal, hagamos un corte, casi al azar, mejor: bajo la contingencia del filtro de mis catas, que ellas sí están sujetas a su propio azar.

Recientemente, anda por las librerías «Terror y libertad», de Paul Berman (Tusquets, 2007). Lo bueno de este autor norteamericano: el análisis sobre las raíces profundas ideológico-religiosas que el rechazo del fundamentalismo islámico hace a la democracia liberal de nuestro tiempo. Lo malo: que éste va a ser un tema recurrente en lo que queda de siglo.

También: «La existencia del mundo. Introducción a la ontología», de Reinhardt Grossmann (Tecnos, 2007). Lo bueno de este autor británico: que no se corta un pelo para tratar de mostrar que además de un universo físico hay un mundo no físico. Lo malo: que su concepción sobre el enfoque llamado naturalismo frente al ontológico podría afinarse mucho más.

Más: «El cerdo que quería ser jamón. Y otros noventa y nueve experimentos para filósofos de salón», de Julian Baggini (Paidós, 2007). Lo bueno: cien sugestivos pequeños artículos que tratan de inculcar el gusto por la filosofía.  Lo malo: que no en todos los intentos consigue levantar el verdadero vuelo crítico del pensamiento.

Todavía: «La razón salvaje. Lógica del dominio: tecnociencia, racismo y racionalidad», de Juanma Sánchez Arteaga (Lengua de Trapo, 2007). Lo bueno de este autor español: el esfuerzo que hace por poner al descubierto la parte de mitología y de ideología que toda ciencia comporta. Lo malo: que la tesis global parece caer en el anarquismo gnoseológico.

Aún: «Ética demostrada según el orden geométrico», de Baruch Spinoza, en traducción, introducción y notas de Vidal Peña, con más notas y epílogo de Gabriel Albiac (Tecnos, 2007). Lo bueno: escrito siempre memorable la de este judío-español-holandés del XVII, fuente de continuos descubrimientos. Todavía estoy esperando que alguien escriba la continuación de esta gran obra. Lo malo: aquí nada veo de malo, porque nos la traduce y comenta Vidal y nos la recomenta y apuntilla Albiac, ¡difícil mejorar el fichaje!

Rematemos: «Ciencia del bien y el mal», de Javier Echeverría (Herder, 2007). Lo bueno: que el ensayo contiene una teoría axiomática del bien y el mal; o sea, que es como intentar la continuación de la «Ética» de Spinoza. Lo malo: que confunde a mi entender dos cosas, la primera, la pretensión de igualar en un mismo nivel axiológico todos los valores indistintamente: estéticos, epistémicos, morales, etc. La segunda, ligada a la anterior, que desecha, como secundaria, la diferencia entre el ser y el deber-ser. ¿Por alguna ineludible influencia postmoderna?

Con estos comentarios basta ya para la primera sensación de vértigo, pero por si hubiera algún contumaz lector, sepa ese señor o señora que además Tecnos ha reeditado en 2007 a Locke: «La ley de la naturaleza»; también a Hume: «Investigación sobre el conocimiento humano» y en el mismo volumen «Investigación sobre los principios de la moral»; y, acabando con un tercero, a Nietzsche: «Fragmentos póstumos (1869-1874)»; y Taurus paralelamente ha publicado de Giovanni Sartori, «¿Qué es la democracia?», y de Victoria Camps y Amelia Valcárcel: «Hablemos de Dios».

Así mismo… ¡Oiga, cuánto tiempo cree usted que podemos dilatar esto! ¡Tenga un poco de mesura y déjelo ya!, por favor.

                                                                                                                      SSC
                                                                                                                      24 de mayo de 2007


Publicado en: «Filosofía, moda primavera: ¿qué leer?», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 768, pág. V,  Oviedo, jueves, 24 de mayo de 2007. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía».


Escritos literarios 7 LOMCE



LOMCE

Ley Ominosa para el Malestar y la Crisis Educativa

Carta de un profesor al ministro Wert


Señor Ministro. Le escribo en relación a la LOMCE; no le oculto que la traduzco como Ley Ominosa para el malestar y la crisis educativa.

No niego que algunas de sus ideas sean buenas. Y que sus intenciones finales son buenísimas. Pero no me sirve de consuelo saber que lo que ingiero tiene partes comestibles cuando conozco que voy a envenenarme con ello.

No negaré que usted gobierna amparado en una mayoría absoluta. Pero tampoco olvido que, siguiendo esa misma lógica, yo y otros muchos, muchísimos, haremos todo lo posible para que la LOMCE tenga corta vida y pueda revertirse, para frenar cuanto antes sus vertientes involutivas y dañinas.
Lo que le expongo en esencia, no es un pensamiento solo mío, sino de centenares de miles de españoles con conocimiento de causa. No pretendo molestarle si se lo comunico como lo siento, sin miramientos, porque se trata de una cuestión de Estado, y urgente.

Me atrevería a defender que todo ministro de educación sería merecedor de inmediato cese, e incluso de sufrir ostracismo, en función de su abuso de poder,  cuando después de múltiples años de tomaduras de pelo a las enseñanzas medias (hablo de lo que conozco bien, aunque también habría que tener en cuenta otros niveles educativos), con las reformas de las reformas de las reformas… educativas, nunca elevadas sobre fundamentos firmes… «Merecedor de inmediato cese u ostracismo», digo, al comprobar que vuelve a cometer el mismo error que venimos sufriendo desde hace décadas en la educación: llevar a cabo reformas estructurales sin un consenso amplio y estable y sin un proyecto preciso de futuro, que no quede limitado a ser una tentativa mas de ensayo y error. Habría que crear, claro, una categoría penal nueva que estableciera: «Con la educación no se juega». Allí se indicaría que cierta dosis de ideologización en los planteamientos educativos resulta intolerable para el conjunto de la ciudadanía, tomada como soberanía popular, porque no se estarían respetando las pautas morales que han de regir cualquier bien público estructural.

Sé que casi todas las cosas son discutibles. Por suerte. Aunque creo que la disputa sobre el tema que nos ocupa, podría partir de esa especie de axioma ya apuntado: cualquier ley de educación que quiera serlo de verdad, ha de ser fruto de un amplio, duradero y estable consenso.

Diré algunas de mis razones, nacidas de años de experiencia y, sobre todo, nacidas de haber creído siempre en el potencial de la educación.

La ansiada calidad de la enseñanza no se alcanza apostando por unas materias en detrimento de otras, como si algunas fueran a darnos las claves o fueran más importantes … ¿importantes, en qué, para qué? No se alcanza tampoco haciéndose un lío con la enseñanza religiosa: no es de recibo que una asignatura se establezca imponiendo un horario fantasma a quienes no la siguen. Bienvenida la libertad de elección de los padres, qué duda cabe. Pero es un principio lógico, no ideológico, que la elección de unos no debe arrastrar imposiciones a terceros. Idéntico enredo tenemos con la famosa educación para la ciudadanía, asignatura ridícula: de una hora, con eso ya se dice casi todo.

La calidad de la enseñanza se alcanza fijando unas asignaturas estandarizadas, por siglos de educación y por las exigencias del presente, y dándoles estabilidad, creyendo en ellas. Y creer en ellas significa formar profesorado finamente seleccionado para la labor. Y también significa dotarlas a todas, en general, de tres o cuatro horas a la semana, porque de otra manera pasan a ser asignaturas menores, menos creíbles, «marías», rellenos. Dos horas es demasiado poco para dar entidad a una materia. Ese es un principio elemental que muchos profesionales conocemos de cerca bien y que nunca ha sido encarado con seriedad por los gobernantes. Del mismo modo que puede haber dosis  medicinales que no alcanzan su objetivo curativo, las asignaturas de menos de tres horas pierden parte de su posible efecto y, en definitiva, parecen haber sido puestas sin convicción, cuando no para ceder ante un lobby o como fruto de la política de ensayo y error al que son tan proclives los gobernantes intrépidos o que gobiernan guiados mas por sus razones ideológicas y no tanto por ideales comunes y por motivos generales.

La calidad de la enseñanza se alcanza como resultado de un proceso sistemático y continuado durante varios lustros, donde lo importante es trabajar con seriedad, estabilidad y medios. Y es preciso, para ello, que los profesores y los alumnos sepan que la materia que están trabajando tiene todo el reconocimiento social y no una despectiva condescendencia que les sitúa en horarios marginales. De este modo, se deprecian objetivamente sus contenidos, se toma menos en serio en consecuencia, y se dilapida el trabajo personal y la energía social.

Señor ministro, quédese con las ideas buenas que crea tener, rompa sus papeles actuales, planifique cómo conseguir un consenso fundamental y póngase a trabajar sobre una reforma educativa para elevar la calidad y los rendimientos, pero sin olvidarse de salvaguardar lo básico: a) una formación y selección fina del profesorado, b) unas condiciones de trabajo de los profesores que tengan credibilidad social y c) una estructura educativa estable, flexible en las metodologías pero sólida y duradera en el tiempo.

Por si lo que digo pecare de genérico, le pongo un ejemplo, sacado de mi concreta dedicación: no hay que liarse con el nombre que se le pone a la actividad filosófica impartida en las clases (educación para la ciudadanía, filosofía y ciudadanía, historia de la filosofía optativa/obligatoria/alternativa, etc.), ¿es que quieren reírse de nosotros? Lo que hay que decidir es si se estima importante que los alumnos de los tres últimos cursos de medias estudien, descubran y reflexionen sobre asuntos éticos, antropológicos, lógicos, de historia de las ideas… Y si es así, póngase esa materia con el nombre que siempre tuvo (Filosofía, Ética, Historia de la filosofía), con un número de horas equitativo al del resto. Y hágase con las demás asignaturas del mismo modo. Y si hay alguna asignatura fantasma, que sí que la hay, arrójenla del currículo. No está la educación general para contentar intereses privados ni para establecer comodines que hagan más fácil la confección de horarios.

En suma, la ley de educación que quiere imponer no será buena para España ni para la calidad educativa. El tema es muy complejo y no puede agotarse en una breve carta, aunque lo que pretendo aquí trasmitir es en definitiva esto: consenso político, proyecto a largo plazo y estabilidad e igual dignidad de todas las asignaturas. Cordialmente.
                                                                                                                 SSC
                                                                                                                 7 de febrero de 2013


Publicado en: «LOMCE, Ley Ominosa para el Malestar y la Crisis Educativa». La Nueva España, Tribuna, pág. 30,  Oviedo, jueves,  7 de febrero de 2013.

Escritos literarios 5 La izquierda española



La izquierda española 

                                                                                             

¿La izquierda española en crisis? Las ideologías de izquierda han estado en una permanente crisis desde los tiempos de la Revolución francesa y de las Cortes de Cádiz.  ¿Resulta el equilibrio interno de la ideología de izquierdas más frágil que el de la derecha?

Gustavo Bueno defiende en El mito de la izquierda  (Ediciones B, 2003) que mientras que puede englobarse a la derecha dentro de una ideología común compartida (con modulaciones internas), la izquierda no sería fruto de una ideología común sino de múltiples que habrían ido surgiendo a lo largo de seis etapas durante los siglos XIX y XX. No ha habido una sola izquierda desde la Revolución francesa hasta nuestros días sino una sucesión (jacobinos, liberales, anarquistas, socialdemócratas, comunistas, maoístas) que ha venido no sólo a oponerse a la derecha de turno sino a las izquierdas colaterales.

¿El declinar de las ideologías?

El panorama ideológico ha ido cambiando tanto a lo largo de estos dos siglos que a mediados del XX, desde la izquierda, algo hizo apuntar a Daniel Bell el fin de las ideologías. Pronto, desde la derecha, Fernández de la Mora en España se atrevió a anunciar ese fin en forma de crepúsculo. Expirando ya el siglo, Francis Fukuyama proclamó también el fin de las ideologías elevado a la categoría de «fin de la historia». ¿Era la manera de interpretar el triunfo que se anunciaba, según algunos, de la derecha sobre la izquierda tras su batalla secular?

Para una consideración atenta -con el pretérito- y realista -con el futuro- no hay indicios de ideología única, porque, además, no puede haber fin de las ideologías mientras haya sociedad política. Podría cambiar el asunto del enfrentamiento, pero porque se estaría transformando, no erradicándose; podrían desplazarse algunos de los epicentros del interior de los estados hacia la política internacional, pero no desaparecer como algo superado.

¿El declinar de las ideologías de izquierda?

Hay que poner muy en duda que se haya dado una victoria de las posturas ideológicas de la derecha sobre las de la izquierda. Ni los unos ni los otros han aprobado la asignatura que el siglo XIX se propuso afrontar: dar una salida moral a la explotación económica del sistema productivo y a las injusticias sociales heredadas del Antiguo Régimen.

Podrá decirse que el liberalismo económico se ha impuesto, pero no que ha ganado, porque no ha avanzado en los problemas de partida. Lo que ha sucedido, en todo caso, es que estos problemas se han desplazado. El modelo económico neoliberal generalizado en las últimas décadas ha conseguido demostrar que los temas sobre justicia social a los que la política debe dar salida no tienen sino una tortuosa, indefinida y, en realidad, insoluble solución.

Contra la idea neoliberal de la progresiva generalización de la prosperidad, parece una evidencia que las riquezas pueden perfectamente incrementarse y seguir concentrándose en determinados países y dentro de ellos, excluyendo a una parte estructuralmente necesaria. No hay ninguna tendencia que lleve a la economía hacia eso que podría llamarse redistribución justa. Las riquezas podrán incrementarse en términos generales pero con ellas surgirán también nuevos desajustes.

Cualquier modo de salir del círculo vicioso dictado por las exclusivas leyes del mercado y de entrar en algún tipo de espiral de sentido civilizador e igualador podría ser calificado de izquierdas.

 

Ser de izquierdas en España


Es muy difícil contornear hoy la línea divisoria entre la izquierda y la derecha, si tenemos en cuenta lo que G. Bueno llama ecualización de las ideologías, según el cual muchos de los programas de acción política de las izquierdas han sido asimilados por la derecha a la vez que aquélla renuncia al ideal revolucionario que traslada su sentido hacia otros ideales menores.

Ante estos cambios, creemos nosotros que a la izquierda se le impone una reformulación de aquellos objetivos que puedan significar un esquema alternativo al neocapitalismo determinista, a la vez que la apuesta por un modelo de civilización frente a otras, partiendo del escenario actual, que en España tiene además un problema esencial añadido: la política territorial.

La política territorial y la izquierda española


Tres líneas de fuerza resumen el quehacer de la vida pública: 1) la política exterior, 2) la política de reajuste interior en el reequilibrio de las injusticias heredadas y que manan sin descanso en toda sociedad, y 3) la política territorial interior.  Centrémonos ahora en esta tercera.

¿Con qué criterios juzga la izquierda los problemas de política territorial?:

¿Son los partidos separatistas vascos y catalanes de izquierdas o son malformaciones, patologías?, porque al margen de cómo se autotitulen los abertxales y los «esquerros» ¿bajo qué razones son reconocidos por otras izquierdas como verdaderas izquierdas o con izquierdas con las que converger?: ¿de qué igualdad hablan los secesionismos de las autonomías más enriquecidas?, ¿cómo interpretan la libertad quienes utilizan el asesinato o lo justifican?

¿La apuesta por un modelo interior federalizante –que, al plantearse abierto, deriva hacia aberraciones o hacia una confederación anómala- dará lugar a un Estado fuerte equiparable a la que tendría una estrategia unitaria españolizante?, ¿o todo esto es indiferente?  No olvidemos, sea cual sea la ideología, que nuestro buen influjo internacional se ejercerá sobre todo a través de lo que sea capaz de hacer nuestro Estado.

La ideología no puede correr a contracorriente de la razón, que en política se identifica con la fuerza. ¿Hay alguna izquierda responsable en el tema de la política territorial interior?

Algunas propuestas concretas


Javier Madrazo, desde Esker Batua, eleva su bienintencionada propuesta de Federalismo para convivir (Nerea Ed., 2005), un federalismo de libre adhesión. En otras latitudes ideológicas, Santiago Abascal, del PP vasco, en La farsa de la autodeterminación (Ed. Altera, 2005), denuncia como reaccionaria esa nación imaginaria de la teoría nacionalista, que procede del racista Sabino Arana. Desde Cataluña, Arcadi Espada, profesor en la Pompeu Fabra, conocido escritor y columnista, se revuelve contra la impostura obtusa del nuevo proyecto de estatuto nacionalista en La decadencia de Cataluña reflejada en su Estatuto (Espasa Ed.). Junto a estos análisis que suponen propuestas para conciliar el nacionalismo con el constitucionalismo o, por contra, denuncias de la trampa que esta supuesta conciliación arrastra, algunos estudios se esfuerzan por buscar los fundamentos políticos e históricos, como el realizado por José Manuel Otero Novas en su Asalto al Estado (Ed. B. Nueva, 2005) y en Defensa de la Nación española (Ed. Fénix, 1998), o los fundamentos políticos, históricos y filosóficos, como el de Gustavo Bueno en su España no es un mito (Ed. Temas de Hoy, 2005), que merecen ser tenidos en cuenta por su seriedad y coherencia.

Las disyuntivas


Desde la actual realidad de la política territorial española y desde estas lecturas y otras similares que vemos en las librerías, todo ciudadano, sea de derechas o de izquierdas, habría de tomar posición ideológica. Y para aquellos que lo tienen más difícil, para los de izquierdas, por su inestabilidad histórica característica, más en la crisis ideológica actual y todavía más en la «España que se busca a sí misma», cabe pensar que deberían tomar partido y no abandonarlo a un consenso abstracto:

¿Ha de concebirse la negociación sobre la política territorial, entre el Estado y los gobiernos nacionalistas autonómicos, como una tarea abierta e inagotable, como un pozo de reivindicaciones sin fondo o, más bien, como un proceso histórico de la España de las autonomías que ha de ser clausurado dentro de un modelo de Estado bien definido y estable?

¿Es la izquierda, que se admite española, más izquierda cuando negocia sobre el modelo territorial de España con las autodenominadas izquierdas nacionalistas que cuando lo hace con la derecha española?

¿En una futura ley electoral, alcanzado el equilibrio deseable en el modelo de Estado, es preferible que sigan teniendo peso primordial los intereses de los partidos nacionalistas o, más bien, que pasen a primer plano los intereses de los partidos de ámbito estatal?

La encrucijada

Las respuestas a estas preguntas sabemos que tenderán a situarse más de un lado de la disyuntiva que de otro y, en esa medida, la línea que divide ambas opciones contornea los dos modelos de izquierda que se esforzarán por liderar el futuro.

Se presiente una nueva izquierda que supere el planteamiento de definirse inercialmente en el tema sobre España por su oposición a la derecha, si se parte del hecho de ser este país uno de los más descentralizados del mundo y si el riesgo es el fraccionamiento del Estado.

Se presiente una nueva izquierda que aborrezca del pluralismo acrítico, capaz de negociar con todas las posiciones ideológicas por el hecho de existir, despreciando el hecho de si tienen o no razón. Una izquierda que sea no nacionalista porque esa vía ha demostrado ser insolidaria y un pozo sin fondo, aliada por activa o por pasiva  con los que recurren a la violencia terrorista, la extorsión, el asesinato y el secesionismo ilegítimo. Algunos nuevos sones suenan, en el nacimiento de una nueva izquierda, que presumimos que tiene ya una amplia base social, aunque no se sabe todavía si tiene la potencia de conformar la estructura de partido necesaria. O quizás los españoles estén cansados de tanto manoseo politiquero y faltos ya de reflejos políticos.
                                                                                                               SSC
                                                                                                               6 de abril de 2006



«¿La izquierda española en crisis?», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 722, pág. VIII, El Milenio,  Oviedo, jueves, 6 de abril de 2006.              Versión similar publicada en «El Catoblepas. Revista Crítica del Presente».