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30 jun 2013

Escritos literarios 24 Una novela filosófica



Ricardo Menéndez Salmón: 

«La ofensa», novela filosófica

                                   Ricardo Menéndez Salmón: «La ofensa», Seix Barral, 2007.


                                                           
 La reciente, elogiada y premiada novela de Ricardo Menéndez Salmón, «La ofensa», ha de ser catalogada como novela filosófica. Decir esto puede resultar hacer un flaco favor a la obra y a su autor, pensando en el amplio público lector, puesto que puede dar a entender una idea equívoca: puede creerse que es ensayística, seria, de retórica profunda y espesa y al dictado de un lenguaje especializado. Sin embargo, nos hallamos en unas latitudes estilísticas muy diferentes. Se trata de una obra sin circunloquios, escrita en un muy claro «román paladino», construida con frases cortas y certeras, estructurada en capítulos que se leen en un suspiro, capítulos que mantienen una conexión sutil entre sí –donde consigue contarse mucho más de lo que efectivamente se escribe- y que contienen cada uno de ellos su propia unidad, como partes musicales que se fueran cerrando dentro de una obra total. El estilo línea a línea y en su conjunto queda muy definido, no hay prosa vana, tiene tono emocional, progresa en una historia con suspense «in crescendo» pero sin estridencias y, por momentos, es bellísimo. Algunos lectores amigos míos no han encajado bien el final. A mí sí me encaja, aunque quede ese sabor amargo o de perplejidad.

Todo su contenido se desarrolla al compás de la historia que se narra, la de un soldado alemán de la segunda guerra mundial, pero la historia, además de lo narrado en sí mismo, contiene una tesis de fondo, que me atrevo a defender que queda muy cuajada en el capítulo central, dedicado a reflexionar sobre el cuerpo –a modo de eje sobre el que gira toda la temática-. Es esta tesis de fondo lo que hace de esta novela algo más que pura ficción, pura recreación, pura regurgitación de datos históricos o puro bello lenguaje. Es este argumento temático que está como en la sombra, aunque visible, si se mira bien, lo que le da consistencia filosófica.

Ricardo nos plantea en este texto no sólo una honda historia humana, la del soldado que ha de vivir una guerra, sino una reflexión sobre si el cuerpo y el alma son una misma cosa, sobre si nuestras emociones e ideas son ellas mismas cuerpo o no, sobre la muerte sucesiva de varios niveles de cuerpo o ¿es quizá sobre la muerte sucesiva de varios niveles de alma? Spinoza había dejado dicho «Nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo» (E, III, 2 Esc.). Menéndez Salmón entra en ese enigma y ensaya un recorrido de las líneas que contornean el cuerpo-alma.

Pero todo este tema de fondo se teje a su vez sobre otra frontera tan difícil de trazar como la anterior: la del sujeto individual y la del cuerpo social al que pertenece. ¿Qué pasa cuando nuestra sensibilidad no está provista de suficientes válvulas de escape, que nos emboten, embrutezcan o alienen como huida ante la adversidad, y cuando tenemos que cargar corpóreamente con «la ofensa» del grupo al que pertenecemos?

El protagonista, un joven sastre dotado de una extrema sensibilidad, tiene como es obvio sus propias sensaciones y elabora sus propios sentimientos y concepciones, pero estas elaboraciones contienen una pasta más densa de la que no es posible sustraerse, que es justamente, en un plano ineludible, la de ser alemán y la de no poder dejar de serlo. ¿Se trata el problema, quizás, de tener tres cuerpos: el cuerpo-orgánico, el cuerpo-alma y el cuerpo-social interconectados o, tal vez, siendo una misma cosa?

No podemos contar la historia sin comprometer el espacio de espontaneidad que toda futura lectura desea tener, pero puesto que las ideas no son siempre obvias y sólo lo son las palabras, me he atrevido aquí a contar la trama de ideas que he visto, suponiendo que pueden verse otras y suponiendo que las que yo he visto pueden ser discutibles, pero ese mismo fragor de ideas es lo que nos hace degustar el alimento intelectual, que ya no sé si va a parar al cuerpo o al alma.

  
SSC
Gijón, 4 de abril de 2007


Publicado en: «Una novela filosófica», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 763, pág. VI,  Oviedo, jueves, 19 de abril de 2007. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía».

Escritos literarios 8 Filosofía, moda primavera



FILOSOFÍA, MODA PRIMAVERA

¿QUÉ LEER?


Cada año se publican cientos de miles de libros en inglés, en español, en chino... En algún lugar han de aguardar millones de personas curiosas de leerlos o poseerlos. Hay incluso fervoroso público que espera la continuación de su obra favorita. Pero sólo un porcentaje básico de lo publicado tiene su venta asegurada. Además de los éxitos en curso hay que arriesgar continuamente. Una parte de la apuesta editorial ha de ir a la búsqueda de un «buen producto» —según múltiples categorías de lo bueno, ¿quién no lo tiene claro?—

Millones de personas serán consumidoras de un solo libro o de unos pocos, en su vida no necesitan más. Una guía de viaje, un libro de cocina, una novela recomendada en el instituto o un regalo incómodo. Es normal, el libro no es un instrumento de trabajo válido para muchas personas. Tampoco pasa a ser un modo de ocio estable, sobran alternativas. Otros, durante sus años de formación, llegarán a barajar varias decenas de libros que guardarán probablemente siempre hasta que, heredados, alguien los ventile en algún rastro. Una minoría de la humanidad es lectora habitual, y, así, caen cinco, diez, o quince o veinte libros al año. Algunos leen más, por hábito, por necesidad o por patología. La mayoría lee novelas, algunos catan también los ensayos. Además de leer han de almacenarse para las consultas, los intelectuales, los bibliófilos y el obligado aprovisionamiento de las bibliotecas públicas (¡ay del libro que no se reedita!).

Uno de los problemas centrales en esta jungla es perderse o tropezar o quedar insatisfecho, porque ¿qué leer? Nadie mejor que el propio lector, si conoce sus gustos y sabe lo que le conviene. Ése suele ser el problema. Están los escaparates, los estantes, el manoseo, el hojeo y ojeo para decidirse. Una pista, una frase, una sugerencia, un gancho, un reconocimiento... a veces bastan para resolverse y para arriesgarse. El riesgo como emoción del buen lector. Y la norma de leer un mínimo suficiente de páginas hasta dejar patente que aquello es un intento fallido o hasta que, al contrario, nos atrape nos interese o nos enseñe algo. ¡Qué diferencia entre leer indagando en las inquietantes mudas líneas o leer subido al ritmo de un entretenimiento prometido! Dos ideas de lectura totalmente distintas.

Entre el libro físico y el lector físico hay todos esos espacios intercalados, submundos y pasadizos que se han ido haciendo habituales y hasta en parte necesarios en el mercado y el trasiego bibliográfico: las reseñas y las críticas de libros. Esta misma que lees, lector, ahora. Y en tan variado mercado, con sus correspondientes especialidades, y entre ellas, una: filosofía y sus imperios. La cuestión a estas alturas sigue siendo la misma: ¿qué leer, y, concretamente, qué, si me atrevo por el ensayo o por los temas filosóficos? Y yo qué sé querido lector, si hay tanto y tan variado y tan constante que puede uno marearse. Sin embargo, para evitar la parálisis del deseo o la modorra mental o la insipiencia del simplificador que todo lo desprecia en medio del aprecio universal, hagamos un corte, casi al azar, mejor: bajo la contingencia del filtro de mis catas, que ellas sí están sujetas a su propio azar.

Recientemente, anda por las librerías «Terror y libertad», de Paul Berman (Tusquets, 2007). Lo bueno de este autor norteamericano: el análisis sobre las raíces profundas ideológico-religiosas que el rechazo del fundamentalismo islámico hace a la democracia liberal de nuestro tiempo. Lo malo: que éste va a ser un tema recurrente en lo que queda de siglo.

También: «La existencia del mundo. Introducción a la ontología», de Reinhardt Grossmann (Tecnos, 2007). Lo bueno de este autor británico: que no se corta un pelo para tratar de mostrar que además de un universo físico hay un mundo no físico. Lo malo: que su concepción sobre el enfoque llamado naturalismo frente al ontológico podría afinarse mucho más.

Más: «El cerdo que quería ser jamón. Y otros noventa y nueve experimentos para filósofos de salón», de Julian Baggini (Paidós, 2007). Lo bueno: cien sugestivos pequeños artículos que tratan de inculcar el gusto por la filosofía.  Lo malo: que no en todos los intentos consigue levantar el verdadero vuelo crítico del pensamiento.

Todavía: «La razón salvaje. Lógica del dominio: tecnociencia, racismo y racionalidad», de Juanma Sánchez Arteaga (Lengua de Trapo, 2007). Lo bueno de este autor español: el esfuerzo que hace por poner al descubierto la parte de mitología y de ideología que toda ciencia comporta. Lo malo: que la tesis global parece caer en el anarquismo gnoseológico.

Aún: «Ética demostrada según el orden geométrico», de Baruch Spinoza, en traducción, introducción y notas de Vidal Peña, con más notas y epílogo de Gabriel Albiac (Tecnos, 2007). Lo bueno: escrito siempre memorable la de este judío-español-holandés del XVII, fuente de continuos descubrimientos. Todavía estoy esperando que alguien escriba la continuación de esta gran obra. Lo malo: aquí nada veo de malo, porque nos la traduce y comenta Vidal y nos la recomenta y apuntilla Albiac, ¡difícil mejorar el fichaje!

Rematemos: «Ciencia del bien y el mal», de Javier Echeverría (Herder, 2007). Lo bueno: que el ensayo contiene una teoría axiomática del bien y el mal; o sea, que es como intentar la continuación de la «Ética» de Spinoza. Lo malo: que confunde a mi entender dos cosas, la primera, la pretensión de igualar en un mismo nivel axiológico todos los valores indistintamente: estéticos, epistémicos, morales, etc. La segunda, ligada a la anterior, que desecha, como secundaria, la diferencia entre el ser y el deber-ser. ¿Por alguna ineludible influencia postmoderna?

Con estos comentarios basta ya para la primera sensación de vértigo, pero por si hubiera algún contumaz lector, sepa ese señor o señora que además Tecnos ha reeditado en 2007 a Locke: «La ley de la naturaleza»; también a Hume: «Investigación sobre el conocimiento humano» y en el mismo volumen «Investigación sobre los principios de la moral»; y, acabando con un tercero, a Nietzsche: «Fragmentos póstumos (1869-1874)»; y Taurus paralelamente ha publicado de Giovanni Sartori, «¿Qué es la democracia?», y de Victoria Camps y Amelia Valcárcel: «Hablemos de Dios».

Así mismo… ¡Oiga, cuánto tiempo cree usted que podemos dilatar esto! ¡Tenga un poco de mesura y déjelo ya!, por favor.

                                                                                                                      SSC
                                                                                                                      24 de mayo de 2007


Publicado en: «Filosofía, moda primavera: ¿qué leer?», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 768, pág. V,  Oviedo, jueves, 24 de mayo de 2007. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía».


Escritos literarios 3 Sobre igualdad y libertad

Sobre igualdad y libertad.

La penúltima clase de Historia de la Filosofía (1)

                                                          
                                                                        
            Un curso más que se estaba yendo. Otra generación de estudiantes que se verían libres de aquellas paredes carcelarias y cálidas, de aquellos exámenes densos y atropellados, de aquellos apremios entre el mimo paternal y las exigencias de la cruda realidad. Griterío de voces de impúberes de la ESO que debía atravesar encapsulado en el hieratismo hasta llegar indemne a mi clase. Llevaba en mente dar la última puntilla de recomendaciones de cómo debían abordar la PAU. Era la penúltima clase de este curso.

            Hablaban amigablemente y todos hicieron como si todavía no hubiera entrado; en medio de la indiferencia un «¡hola profe!» daba la voz de alerta sobre mi presencia o era quizás expresión sincera del afecto que dan noventa horas vividas juntos, ¿por qué no iba a ser posible eso? El rostro encendido de muchos, ese que tienen justo después de un examen. Pensé que tenía suerte, estaban agotados; también sobreexcitados.

            Empecé entre el borbotón final de murmullos que pugnaban por no extinguirse  en ese pulso tan característico del comienzo de las clases. ¡Ay del profesor que no lleve aliento o fuerza, o, cuando menos, alguna careta! -«Sacad la última actividad modelo PAU que os entregué el día anterior. Ya os dije que…». -«Profe, es que no me aclaro con lo que dijiste de Marx en la última clase, sobre lo de la libertad y la igualdad. Quería  que lo comentaras algo más, porque me quedó confuso y al final no me aclaro si sí o si no…»

            -«La libertad y la igualdad en Marx. Bien», entoné en alto. Pensé que tenía suerte con la pregunta, eso me permitiría profundizar mucho más de lo que había previsto y me daba la excusa para hacer una última galopada que dotara de sentido al conjunto del curso. Algunos creerán que las clases dependen sólo de los profesores, pero eso es verdad sólo en parte cuando se trata de impartir contenidos seriados, organizados y con mordaza (o simplemente en medio del caos). Si lo que se espera es que las clases tengan interés y algo de garra, entonces son tan importantes los alumnos como el profesor; basta con que la mayoría no moleste y con que haya una minoría interesada, al menos uno, al menos medio, como esta vez que alguien preguntaba algo inteligente y con trasfondo.

            Les previne: -«Tengo una respuesta corta y otra larga; ya sé que os gustan las directas que van al grano, pero esta vez os aseguro que sin el rodeo no se entendería en su justa medida. Sería muy interesante como visión global de lo recorrido en el curso. Ya sabéis que más que las recetas puntuales lo más interesante es aprender a establecer conexiones de recorrido histórico y a elaborar interpretaciones aplicables a nuestros problemas de ahora». No protestaron, enmudecieron, me miraron entre escépticos y narcotizados, eso era suficiente. En pocos segundos tenía un esquema en la pizarra que organizaba el problema. Perezosamente lo copiaron, aunque no todos. Empecé a hablar moviéndome entre ellos.

            -«Lo que sucede en la Antigüedad, en la Edad Media, en la modernidad y en el mundo contemporáneo tiene un hilo de continuidad pero se va reconfigurando en función de las circunstancias de cada momento histórico. Pasa con todas las ideas y también con las de libertad e igualdad.»

            -«Profe, pero de qué vas a hablar ahora, ¿no te vas un poco lejos?»

            -«Qué va, está ahí al lado.» (Miradas…) «En la Antigüedad de Platón y de Aristóteles las libertades funcionaban establemente distribuidas. Había varones con todos sus derechos ciudadanos, libres, y frente a ellos el resto que no lo era (en el sentido de disfrutar de libertades ciudadanas): extranjeros –metecos-, menores de edad, mujeres y esclavos.» Una alumna hizo un gesto de protesta al verse citada, no sé si junto a los esclavos o a los menores de edad. Pero sobre eso de la desigualdad varón/mujer ya habíamos hablado en otros momentos. Después de un gesto de connivencia con ella, proseguí. -«Podía darse un trasvase reglado dentro de estos grupos y, por ejemplo, dejar de ser esclavo y pasar alguien a ser liberto, pero fuera de esos leves márgenes, la libertad en sentido ético-político tenía una estructura muy estable. El problema era, entonces, la justicia. De ahí que Platón hubiera diseñado aquel modelo que pedía que cada parte dentro del Estado (productores, soldados y gobernantes) cumpliera con su obligación correspondiente, contribuyendo los primeros con la riqueza y la templanza, los segundos con la valentía y la defensa del Estado, y los últimos con la prudencia y el buen orden general». Alguien reflexionó en alto: -«las tres clases sociales y los tres tipos de almas». Así era como funcionaba la cosa mnemotécnica. -«Eso es, pero prosigamos el hilo histórico», dije. -«Se trataba de un modelo teórico, poco practicable como se demostró, pero lo importante era la tesis que se basaba en la “armonía” del conjunto, en la que quedaba claro qué era lo que corrompía a un Estado: que gobernaran no los sabios y prudentes, sino los ricos, la milicia o el populacho desordenado por el hecho de tener la fuerza».

            Me moví hacia la pizarra y subrayé ahora el nombre de Aristóteles. -«Ahora viene el peripatético», dijo una, -«No, viene el pelirrojo que apunta hacia abajo con el dedo, replicó una voz vecina». Consentí con una sonrisa y sabiendo que el curso tocaba a su fin no quise permitirme uno de esos incisos que acaban en un timbrazo sin piedad; además, eran cosas ya repetidas.

            -«Aristóteles sigue las grandes líneas trazadas por Platón pero distanciándose de él, a la vez, al subrayar la vuelta al empirismo de las constituciones realmente existentes, la de Atenas, Corinto, Esparta, &c. No hay gobierno ideal sino gobiernos buenos (monarquía, aristocracia y politeia -o democracia recta-) y malos (tiranía, oligarquía y demagogia -o democracia corrupta-) según que se dirijan al bien común o no, fórmula en la que quedaba traducida aquella armonía social buscada por Platón».
           
            Algunos empezaban ya a dar muestras de cansancio mental, dos habían empezado a hablar por su cuenta, una dibujaba, otro enredaba con su móvil, otros tenían la mirada perdida y del resto no podría asegurar, salvo de tres o tres y medio. -«A ver, ¡flojos¡, que ya nos queda poco, un último esfuerzo», sentencié. Volvieron a resituarse dóciles, estaba de suerte.

            -«Toda la Antigüedad, la Edad Media y todo el tiempo hasta la caída del Antiguo Régimen a finales del siglo XVIII, no es sino una fórmula que parte de la intersección de estos dos modelos clásicos: los gobiernos tienen la obligación de gobernar justamente, o sea, conforme al bien común y esto implica que se persiga la armonía social. Durante la Edad Media se añadirá a este esquema la tensión entre el poder temporal del Estado y el poder espiritual de la Iglesia: las grandes tesis de San Agustín y Santo Tomás defendieron la supremacía del poder de la Iglesia, aunque los hechos no siempre se ajustaron a este desideratum».
           
            Alguien -una costumbre para mí- a quien le gusta puntualizar –hace bien- interrumpe la monotonía: -«Profe, por qué no dices “deseo” en lugar de “desideratum”» -«Porque no se trataba de un simple deseo subjetivo; ya hemos visto más veces la distancia que hay entre lo subjetivo y los procesos objetivos». Proseguí, en mi fiebre de profesor que supone que alguno de los pupilos pudiera estar interesado.

            -«Después del derrumbamiento de la polis, a consecuencia de la nueva configuración de los imperios a que dará lugar Alejandro Magno y Roma, hay que contar con el periodo helenístico-romano, que supone una recesión en las exigencias  planteadas por la teoría política clásica. Los estoicos y los neoplatónicos (ya conocemos la retirada de la política de los epicúreos y de los cínicos) entienden el orden social supra-personal como una realidad superior, cerrada, determinada, de modo que ahora la tarea humana ha de aplicarse a la perfección de la propia alma, como medio para ser feliz y como modo de insertarse bien en un orden general, el de la República o el del Imperio Romano. Esta vía de perfeccionamiento interior ético-moral va a constituir un esquema idóneo al que va a acogerse la cristiandad que se desplegará por Europa. Un análisis paralelo cabría aplicar al Islam, durante el medievo. El énfasis se pondrá en la salvación de las almas y en una vida ultramundana»

             ¿Qué pasa después con Maquiavelo, Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, Jovellanos, Kant, Hegel y Marx? Lo que pasa es que el mundo ya no está organizado en polis, ni articulado por un gran imperio, ni organizado feudalmente sino que los estados modernos –fuertes y expansivos- (como España y Portugal, primero, y después Inglaterra, Holanda o Francia) comienzan a tomar posiciones unos frente a otros en el nuevo imperialismo moderno.

            -«Profe, hablas como si el imperialismo fuese bueno», inquirió la delegada de la clase. -«Y tú preguntas como si fuese malo», respondí. -«No se trata, ahora, de bueno y malo, sino de las condiciones de existencia reales –como diría Marx-, de las que, sin duda, podremos después analizar qué tuvieron de bueno y qué de malo». Comprobé que quedaban tres minutos y el timbre avanzaba con las zancadas del tiempo. Embutido en mi seriedad envié a un alumno para que detuviera el timbre unos dos minutos; rieron. El enviado no fue, claro.

            -«El próximo día acabaremos, ya hemos dispuesto las premisas, nos queda sacar la conclusión. Únicamente, recordad que aunque durante todos los siglos anteriores al descubrimiento de América los gobiernos poco tuvieron que ver de hecho con la armonía y el bien común -esto es, con la justicia según el discurso de la Antigüedad-, los modelos teóricos que sirvieron de referencia una y otra vez fueron los de Platón y Aristóteles a los que ha venido a unirse el “reino de Dios” que cabe esperar, que es el bueno y definitivo. No hay tanto problema si el de aquí sale defectuoso; está asegurado un final feliz para los “justos”, es decir, los que aman a Dios y al prójimo. La vía del amor había venido a trascender la del conocimiento. Además de la ciudad de Roma tenemos la ciudad celeste».

            El timbre sonó justo en su segundo de siempre y como en un milagro de velocidad algunos ya estaban saliendo por la puerta, aprovechando que me había pillado con una frase acabada. En otro caso saben que tienen que aguantarse.



Sobre igualdad y libertad (2)

La última clase de Historia de la Filosofía

                                                
            Esta vez los pasillos estaban en silencio. Las gargantas atipladas de 1º de la ESO se habían ido de actividad extraescolar. No podía tener mejor contexto ambiental para rematar mi tarea del curso que ese. Iba a ser la última clase pero había dejado sin cerrar la repuesta a una pregunta, todavía la recuerdo bien:   -«Profe, quedó algo brumoso lo que dijiste de Marx, sobre lo de la libertad y la igualdad; resulta confuso y al final no me aclaro si sí o si no…»

            Entré en el aula, no había ni uno sentado, todos agitados, acababan de conocer las notas de alguna asignatura. De nuevo tenía buenos presagios, la mayoría resplandecían de contentos. Sólo algunos, que ya tenían la suerte echada tiempo ha, no se alborozaban. Pero esos, gracias a mí, sabían lo que era el estoicismo; eso creo.

            -«Bien, si queréis cogemos las castañuelas y empezamos a celebrarlo.». Entendieron la ironía. Comenzaron a sentarse y a callarse. No se dieron excesiva prisa.

            -«Recordáis que os prometí una respuesta larga que nos permitiera entender en qué lugar situaba Marx a la libertad y a la igualdad. Habíamos repasado las grandes líneas que se desarrollaron en la Antigüedad y en la Edad Media sobre la justicia. Tenemos que seguir a partir de ahí.» Completé el esquema de la clase anterior con otro que nos llevaba ahora desde Maquiavelo hasta nuestra misma piel. Lo copiaron todos los que tienen este hábito, el resto, como no hubo amenazas, seguramente lo fiaron a su memoria (¡cómo les envidio, la memoria!).

            -«A partir de Maquiavelo, esto es, de los estados modernos, se vuelve insostenible la presunta armonía entre el fin moral (la justicia como bien común) y el fin político (el buen orden social obtenido mediante el ejercicio del poder). Maquiavelo defenderá que un bien político puede ser cacoético e inmoral siempre que el buen fin general y superior de la política lo exija» -«El fin justifica los medios», dijo en alto alguien de quien dudaba si ponerle un 8 o un 9. Quizás supiera de mis dudas, pero me inclinaba a pensar más bien que había sido un mecanismo de estímulo-respuesta.

            -«El florentino, que envidia estar en un Estado fuerte como el de Fernando el Católico, no hace más que dar estatuto teórico a lo que siempre fue una práctica política. Ahora se ha vuelto urgente la importancia del fortalecimiento de los estados. Puesto este objetivo, pasa a primer plano el bien del orden político y se relega el buen orden moral o, más exactamente, las almas que se cuiden de la moralidad para su salvación que los príncipes han de cuidarse de un asunto superior: la salvación del Estado; el príncipe no hará otra cosa que cumplir con su obligación, de este modo su alma tampoco corre peligro. Para Platón y Aristóteles el orden político y el moral estaban llamados a integrarse, pero después ambas categorías fueron distanciándose descoyuntadas por una realidad excesivamente compleja para aquellas teorías originales –la polis dejada atrás ya-. Maquiavelo se limitará a poner nombre al estado de cosas imperantes desde la decadencia de la polis y en el comienzo de los estados modernos europeos»

            -«Pero, profe, Maquiavelo debía ser, entonces, muy maquiavélico, ¿no?». Sonreí y seguí; no podía permitirme estropear aquella ocurrencia.

            -«En este estado de cosas, Hobbes procede a fijar las ideas que contribuyen a fortalecer el gobierno. Sobreentendido que se debe gobernar para el bien común, el gobernante ha de tener todo el poder y la fuerza, sin limitación. Es el Leviathán. Locke insistirá, por su parte, contra este Estado absoluto, en la función protectora, paternalista del Estado respecto del ciudadano; es preciso que éste, “súbdito libre”, tenga asegurado sus bienes y su existencia; había de contenerse la corrupción más fácil en la que solían venir a parar los gobiernos: el poder arbitrario. Así, era importante que junto al Derecho por antonomasia de la razón de Estado se defendieran los derechos de los ciudadanos. Spinoza analiza este mismo problema en su Tratado Teológico-político y en el Tratado político, pero su respuesta es tan fina y elaborada que se necesita mucho más tiempo para exponerlo.» Noté un gesto de alivio en algunos.

            -«Montesquieu viene, en medio de todo esto, a proponer como remedio de la distaxia en la que podían caer los estados, la llamada separación de poderes» -«Entre el ejecutivo, legislativo y judicial», coreó el que estaba entre el 8 y el 9; y una segunda voz se hizo oír: -«¿Qué era lo de distaxia?». «Lo contrario de eutaxia o buen orden político: degeneración política», respondí.

            -«Rousseau, tratando de encontrar una fórmula que uniera de nuevo la política y la moralidad, propone la “voluntad general”, concepto que pasa a convertirse con la caída del Antiguo Régimen en un principio marco, si bien con la carga mitificadora y confusionaria correspondiente. Kant sigue estos pasos y los delimita con la precisión del taller de los filósofos. Otros, menos conocidos en las historias convencionales, como Jovellanos, comprenden que han de articularse principios heterogéneos: el ejecutivo fuerte y soberano, el legislativo siguiendo el curso de las reformas necesarias y, finalmente, la Constitución, en su sentido no sólo positivo sino además histórico y moral, por encima de los que tienen la fuerza política y los que legislan; por otra parte, en caso de que la soberanía del poder político fallara, siempre estaba la supremacía de la nación para volver a poner las cosas en su lugar.» -«Profe, ¿esto último entra en la PAU?» -«La PAU soy yo», dije remedando al Luis XIV del que ya tenían noticias» y a continuación otra voz: «Sí, el Estado soy yo». Y yo para acabar: «alea jacta est; además, recordad que el cerebro gasta al menos el 20% de nuestra energía, ¿en todos los casos?» Como vieron que iba a liarles optaron por callarse.

            «Con Hegel todo pasa a interpretarse en perspectiva histórica. La humanidad atraviesa un proceso de maduración a través de instituciones sociales (morales y políticas) que apuntan hacia la generalización de la libertad de todos. Sólo un hombre era libre (el déspota, el monarca), sólo algunos hombres son libres después (en los regímenes aristocráticos u oligárquicos) y finalmente todos los hombres serán libres, según Hegel» -«Profe, nosotros queremos ser libres también, cuándo va a poder ser». «Probablemente nunca, porque estando condenados a ser libres –recordad a Sartre-, lo más fácil es que no lleguéis a trazar una línea que podáis decir que es vuestra. Estamos lanzados a ser “massa damnata” –condenados-, como diría San Agustín. ¡Eso por preguntar algo tan delicado!».

            -«Y llegamos, por fin, al encuadre final que nos permite ver en qué esquema de ideas se sitúa Marx. Toma de Hegel la idea del proceso dialéctico evolutivo histórico y tanto el idealista como el materialista establecen la consecuencia de que habrá un final feliz, un estado de estabilidad o consumación superior, en el caso del marxismo como sociedad sin clases y sin explotación del hombre por el hombre… llegando a desaparecer el Estado, verdadera superestructura de la injusticia». -«Profe, qué hay que hacer para hablar como habláis los filósofos; sólo prestando mucha atención se os entiende, ¿no estáis un poco locos?» -«No, es al revés. Algunos “locos” se meten a filósofos para disimular sus rarezas consiguiendo un verdadero camuflaje. Además de los locos y raros están los insulsos, los indolentes, los simplistas y hasta los ingenuos; eso requiere abrir otro capítulo. Algo cambiaría si en lugar de tener dos horas en 4º, tres en 1º y tres en 2º, dispusiera de cuatro en los tres cursos» -«Vale, profe, ya lo cogí».

            -«Así que en Marx la libertad se interpreta siempre en función de la igualdad y dentro de esa jerarquía y antelación estaremos en el camino de la justicia: los hombres no podrán ser realmente libres (desalienados) hasta que se liberen de las desigualdades que las relaciones de producción precedentes han ido generando. La defensa de la libertad del marxismo no podía ser la misma que la que defendía el liberalismo moral de un Stuart Mill, que estaba concentrado en defender algunas libertades que se habían empezado a generalizar recientemente: la libertad de sentir individual, de pensar, de decir y de reunirse, todo sin límite alguno aunque bajo la condición de no hacer daño a otros. No es que Marx no reconociera estas libertades del liberalismo filosófico del XIX, que se delineaban frente al control de las conciencias ejercido por la religión (el “opio del pueblo”), sino que le parecían insuficientes, burguesas, para unos pocos, cuando no autoengaños» -«Tú a quién prefieres a Marx o a Stuart Mill», preguntó alguien que tenía pinta de haber elegido ya. -«A Jovellanos», bromeó otro. -«Al final os diré lo que yo pienso, me gusta aprender de todos.»

            -«Y ahora estamos de nuevo en una encrucijada en la que hay que volver a pensar qué significan esos dos conceptos: libertad e igualdad, y en definitiva: ¿qué es la justicia?». Marx creyó en una sociedad ideal en el futuro (como Platón y toda su estela posterior) aunque no sólo propuso la fórmula ideal sino una teoría de la revolución que debía insertarse en las mismas contradicciones que la historia nos había deparado (después de Hegel es difícil no pensarlo todo en perspectiva histórica). Seríamos libres cuando consiguiéramos romper las desigualdades estructurales de la sociedad.» Alguien dijo: -«Eso suena bien. ¿Ese Marx es el mismo que el que tiene aquí al lado una calle?». Asentí y dije socarronamente: -«Veis como sí sabéis de filosofía».

            -«Cuando decimos libertad, igualdad y justicia tenemos la impresión de referirnos a conceptos claros, pero en realidad significan cosas muy distintas en función del marco de ideas en el que se utilizan». -«Profe, va a tocar y pierdo el autobús». Comprendí, debía abreviar.

            -«Tenemos datos suficientes para pensar que no habrá un final feliz, una liberación ni un estado de justicia finalmente consagrado, como ya los griegos sabían. Todos los autores mencionados apuntaron ideas interesantes que ponían de relieve una parte de la realidad ética, política o moral. Ahora se debate si la idea eje o preponderante ha de ser la libertad o la igualdad. Yo defiendo que sin la libertad nada bueno es posible, pero que la idea de libertad no tiene la capacidad de generar la igualdad necesaria. La idea de igualdad, al contrario, es integradora y globalizadora del resto de valores sociales y es tan indispensable como la libertad. La verdadera igualdad contiene a la libertad bien entendida. Del mismo modo que la libertad no significa sólo hacer lo que nos venga en gana, tampoco puede creerse que hemos de ser iguales en todo, ni mucho menos, sólo en una serie de condiciones de existencia como puerta para todo lo que hay que arrancar con el esfuerzo. De todas maneras ni la libertad ni la igualdad se han regalado nunca, siempre se han conquistado. O quizás a vosotros se os ha regalado. ¿Por eso se dice que sois la juventud más mimada y peor educada? ¿Quién quiere responder?» El timbre sentenció el asunto.

SSC
8 y 15 de febrero de 2007


Publicado en: «Sobre igualdad y libertad. 1. La penúltima clase de Historia de la Filosofía», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 753, pág. VIII,  Oviedo, jueves, 8 de febrero de 2007. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía».

Publicado en: «Sobre igualdad y libertad. 2. La última clase de Historia de la Filosofía», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 754, pág. VIII,  Oviedo, jueves, 15 de febrero de 2007. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía».





29 jun 2013

Escritos literarios 2 Tener un problema




¿Qué es tener un problema?


                                                           
Era un día espléndido, sin problemas climatológicos. Soplaba algo la brisa, justo para llenarse bien los pulmones sin que irritara el ánimo; la luz molestaba un poco, era perfecto para las gafas de sol. La playa de San Lorenzo, con su fragancia característica, de yodo y salitre, colmaba ese día mi dependencia hacia ella, no muy alejada de esa misma dependencia atávica propia de un instinto territorial animal. Los pies, ligeros, preludiaban esa noche un buen sueño; paseaba a buen ritmo con mi mujer. De pronto, vino también la animada conversación, y ambos estábamos lúcidos, con ritmos nada espesos que iban del andante al allegro.

 
    …todo son problemas, como ves.

    Sí, le dije. Siempre me han interesado los problemas.

    ¿Qué quieres decir?

    Quiero decir que los problemas son como todo lo demás: se pueden clasificar, como los prismas regulares, los tipos de hongos o las especies animales en evolución.

    Ya, sí, no es lo mismo saber que uno va a morirse, que sufrir una dolorosa frustración, que perder el autobús, que…

    Eso es, pero yo me refiero a una clasificación más geométrica, más lógica.

    Ya está el filósofo. ¿Y para qué quieres una clasificación geométrica de los problemas?

    No pretendas que me disculpe por ello… además, todos somos filósofos…y la diferencia estará en el grado, en la obra… Mira, para mí hay dos grandes tipos de problemas totalmente diferentes: los que tienen solución y los que no la tienen.

    ¡Qué gracioso!, eso lo sabe todo el mundo.

    Pues de eso se trata, de ordenar un poco lo que sabe todo el mundo. Lo importante es que hay que aprender a no intentar solucionar los problemas que no tienen solución. Como el hecho de que uno tiene que morirse o que no se puede volver al pasado o todos los semejantes. Con estos problemas lo mejor es aceptarlos y comprenderlos con mirada estoica o escéptica, según los casos… y dejarlos estar fuera, sin que lleguen a apesadumbrarnos. «Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte», decía Spinoza (E, IV, 67).

    Ya, y qué pasa con los que sí tienen solución.

    Pues que esos sí son los verdaderos problemas. Primero hay que diferenciarlos entre sí, porque se dan derivaciones que los hacen muy diferentes: la primera dicotomía separa los problemas que se solucionan y se cierran mejor o peor, al igual que se cierra un círculo, de aquellos otros que al solucionarlos desencadenan nuevos y mayores problemas. Con éstos, por supuesto, lo que hay que aprender es a no intentar solucionarlos, por mucho que queramos hacerlos desaparecer.

    Sí, ya lo sé, no puede resolver  una madre el problema que ha de resolver su hijo ya emancipado, porque con seguridad le estará quitando su propia autoridad; o no puedes pretender recuperar tu anillo de bodas en un acantilado embravecido, o llegar rápido arriesgando vidas en la carretera… Entre los que se solucionan bien, o en parte bien, supongo que pueden considerarse los que tienen que ver con la fortaleza para dejar el tabaco o el alcohol, o con la prudencia para acertar en lo que nos preocupa o con la templanza que ayuda a sobrellevar las dolencias, o…

    Ya veo que estás lanzada y que lo dominas mejor que yo. (Quizá, pensé, las mujeres tienen un instinto especial para conocer la esencia de los problemas. Enseguida deseché esa idea, aunque sé que Pilar me hubiera dado la razón gustosamente). Todavía nos quedan otros tipos de problemas, que son aquellos que se solucionan solos, con esos lo mejor es no hacer nada, pero por razones distintas a los que no tienen solución.

    Sí, como cuando un niño ha cogido una perreta o como cuando teníamos el acné o…

    Y hay, todavía, otros, pero ahora necesito volver a empezar.

    ¿Me estás tomando el pelo? ¡ahora que le había cogido el tranquillo a tu enrevesamiento clasificatorio!

    No, no, necesito volver a empezar porque… ¡bueno, mira!, hasta ahora hemos hablado de los problemas como si los solucionara una sola persona, pero todos los casos anteriores pueden darse además dentro de un entramado más complejo: justamente, cuando ha de ser solucionado por dos o por varios. El caso límite, que puede representar otra modalidad, a veces lindante con los problemas que no tienen solución, se da cuando ha de ser todo un pueblo o toda una nación la implicada.

    ¡Ya!, o sea que la cosa se complica y vamos a tener un problemilla para que te aclares del todo…

    Algo así, si así te parece. Lo que en definitiva quiero decir es que además de los problemas bilaterales, los que más nos pueden desbordar son los triangulares. En los problemas triangulares incluyo los cuadrangulares, los pentagonales, etc., que pueden por simplificación entenderse como triangulares. O sea, que ya no depende el problema de la solución que yo le dé sino de una solución que he de sacar adelante juntamente con alguien más. Ahora, todo se complica, y debo calcular y tener en cuenta la disposición y la contribución de terceras personas. Esta es la vida social misma en sus tiras y aflojas y de ahí que sea tan importante estar bien rodeado y tener en quién confiar… Además, habría que entrar en otras derivaciones menores de este esquema general y en todas las zonas mixtas.

    Y qué me dices de los problemas que en lugar de resolverlos se pasan a otros y de los que se disimulan, y de los que se tapan y silencian, y los problemillas, los problemotes, los pseudoproblemas… y las hipocondrías y las hecatombes…

    Sí, tienes toda la razón. Pero eso nos obliga a cambiar a otra perspectiva. Eso nos obliga a considerar no lo que ha de hacerse con los problemas sino lo que de hecho muchas veces se hace con ellos o cómo se inventan sin que efectivamente existan. La clasificación ideal habría que cambiarla por la «real» y tendríamos no ya geometría sino cristalografía, es decir, tendríamos estas formas de solución de problemas: 1) el empeoramiento del problema; 2) conocer que no tienen solución; 3) esperar a que se solucione por sí mismo; 4) sustituir un problema con otro, desplazándolo; 5) dar la solución parcial o total; 6) no tanto solucionar cuanto contener (la contención es buena cuando el problema no tiene solución pero se agrava si no se contiene); 7) la cooperación a la solución; 8) pasárselo a otro; 9) ocultarlo, disimularlo o postergarlo; 10) el problema que nos come, que nos anula, para el que somos impotentes, por falta de fortaleza; 11) finalmente, las soluciones fantasmagóricas para problemas inexistentes. No consideramos las situaciones intermedias.

    Pero por qué dices que la clasificación es geométrica. No veo las líneas….

    Otro día volvemos a las líneas... Mira por ahí viene…
                                                                            SSC
                                                   Gijón, 3 de abril de 2007

 
(Publicado en La Nueva España, Suplemento Cultura nº 762, pág. III,  Oviedo, jueves, 12 de abril de 2007. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía»).


Escritos literarios 1 La virtud en un sueño

La virtud en un sueño

Os diré lo que he soñado hoy. Soñé que acababa de despertarme de un extraño sueño. Y que antes de que empezaran a olvidárseme los detalles, había de escribir lo que recordaba: Trabajaba de corresponsal en un periódico. Me quedé helado cuando mi jefe me encargó que tenía que hacer un viaje por la historia. Suponía que debía referirse, si no se había vuelto loco, a que me informara en los libros. Pero por los caprichos del sueño me encontré efectivamente viajando en la historia. Tenía que enterarme de la opinión de una serie de filósofos sobre lo que era la virtud, el deber ético y político y el valor moral. Una condición oníricamente extraña se me había impuesto: los sabios disponían de una sola oración. Además, se me había limitado el tiempo y debía hacer ocho visitas.

Aristóteles vestía una túnica blanca larga, algo ceñida, y calzaba sandalias. El tiempo era bueno en Atenas y olía a olivas; año 334 a. C. Se apartó de un venerable anciano que le recordaba a aquel de quien me dijo que lo había aprendido casi todo, muerto ya hacía más de una década: Platón. Le expliqué mi situación, la prisa y que disponía de una sola frase. Condescendió, sonrió y yo mientras tanto advertí un escrito con un título algo largo del que creí traducir «Ética a Nicómaco». Le formulé la pregunta: «¿en qué consiste la virtud?» Pensó unos segundos, no sin que yo pudiera advertir que le costaba trabajo tener que seleccionar una sola frase representativa de todo lo que quería decir: «Teniendo en cuenta que todos los hombres quieren ser felices y que no se puede ser enteramente feliz sin ser virtuoso, la virtud es lo que todos los hombres buscan; pero sólo la buscan atinadamente cuando siguen la dirección de la razón; ésta se ejercita bien cuando es capaz de hallar el término medio entre opuestos, que no ha de confundirse con la medianía o la mediocridad» No estuve seguro si había cumplido con la consigna de una sola oración, parecía más de una pero lo había dicho en griego.

Me costó llegar hasta Epicuro, a pesar de no haberme movido de Atenas, aunque me hallaba ahora en el 288 a. C. Vivía en una gran Escuela amurallada, Jardín o Huerto, no se sabía muy bien. Muchos grupos epicúreos dialogaban amigablemente, entre el entretenimiento y la investigación. Tuve que formularle la pregunta, a Epicuro, alzando la voz, abrumado como estaba por el calor de la charla de los contertulios numerosos: «¿cuál es la vía más segura para alcanzar la felicidad?». Respondió, mientras los demás asentían como si de un tema ya visto se tratara: «La naturaleza nos ha dotado de un medio para conocer lo que nos conviene: el placer («hedoné», dijo) es bueno y el dolor malo; pero no todos los placeres son iguales, los hay naturales y necesarios (los mejores), naturales pero no necesarios (los aceptables) y ni naturales ni necesarios; éstos, a pesar de presentarse como placeres acaban volviéndose dolorosos» Me invitaron a formar parte del corro afanado en una investigación con el maestro, pero tuve que irme enseguida, a pesar de que el tema sobre cómo superar el miedo a los dioses me sonó interesante.

Cicerón vestía ropajes mucho más lujosos que los de Aristóteles y Epicuro; corría el año 50 a. C. No sé cómo pero parecía estar ya al tanto y como si me esperara; me dijo que fuera práctico y que no perdiera el tiempo. No sé si lo hizo por mí realmente o porque estaba a punto de entrar en las termas. Le inquirí directamente: «¿qué es la virtud?», me respondió en tono retórico sin afectación: «La virtud está en el cumplimiento de los deberes, que son básicamente dos y que deben ser conciliados: la honestidad personal y la utilidad pública» Se despidió de mí, sin aparentar prisa, con gesto de senador romano.

El obispo de Hipona en el 422 d. C., Agustín, se encontraba leyendo al gran moralista de la época San Ambrosio, que había sido su maestro, en Milán, en los años de su juventud ardiente, cuando confuso entre el maniqueísmo, el cristianismo, el neoplatonismo y el escepticismo se encontró con aquel gran predicador. Le pregunté, con un gesto que buscaba ser respetuoso, no sabiendo muy bien cómo debía tratar a un obispo ya anciano: «¿Cuál es la acción más virtuosa?». Respondió con una mezcla perfecta entre la unción mística y la mayor naturalidad: «Ama y haz lo que quieras» Cuando creo entender la frase no sé explicarla y cuando creo que sé explicarla me percato de que no he llegado a entenderla. Debería haberle preguntado qué entendía por amar, pero no podía con aquella prisa agobiante.

Spinoza era de todos ellos el de presencia más humilde. Lo encontré en un taller de La Haya, trabajando, puliendo lentes. En uno de los países más libres de Europa, en 1674, vivía acosado y perseguido debido a sus ideas. Conservaba en un baúl un montón de cartas, entre las que advertí una que ponía con letra bien caligrafiada Leibniz. También fui directo al asunto: «¿por qué, si lo mejor es ser virtuoso, no lo somos siempre?». Tomó unos pliegos cosidos a mano, cuya portada decía «Ética demostrada según el orden geométrico», con ademán no de leer sino de indicarme que ya había respondido a esa pregunta: «La raíz de todas las virtudes es la fortaleza, sin ella las demás también flaquean, así que no somos virtuosos porque no somos todavía lo suficientemente fuertes, que es la tarea de toda una vida, y que se desarrolla mediante el conocimiento adecuado de la realidad, en concreto de nuestra situación y papel en el conjunto del Estado. No sé si abusó de la oración al hablarme en latín, pero una melodía barroca que entraba por la ventana puso música agradable a sus geométricas palabras.

Kant era de todos ellos el menos agraciado físicamente; hacía frío en Königsberg y era 1792. Me acogió en su casa sin complejos, me sentó a la mesa, hizo que su ama nos sirviera la cena y pareció pretender comenzar una larga conversación, creí adivinar que sobre la revolución francesa. No tardó mucho en conocer mi prisa. Le pregunté: «¿cómo puede saberse si una costumbre o acto es bueno o malo?». Concentró la mirada en un punto y dijo: «No podemos saber nunca si un acto es bueno, sólo cada persona puede saber de sí misma si es buena, cuando al actuar lo hace movida por la exclusiva razón del deber, que nace de obrar poniéndose en el lugar de toda la humanidad» No sé si era culpa del idioma alemán, de la dificultad del tema o de mi cansancio, pero tuve la impresión de que iba a tener que informarme algo más si quería saber cómo se reconocía el deber bueno del malo y cómo se ponía uno en el lugar de todos.

A Jovellanos lo encontré en uno de los palacios de Carlos IV de Borbón, en 1798. Había sido nombrado ministro recientemente y, rodeado por las camarillas de palacio que le disgustaban seriamente, pretendía aplicar a contracorriente sus ideas reformistas. Goya le había retratado unos días antes y ya había visto en su mirada la impotencia. Me sirvió un vaso de sidra que le llegaba a menudo de su Asturias querida. Su mesa estaba llena de informes y de cartas. En unos anaqueles había dispuestos unos cientos de libros cuidadosamente colocados, en latín, español, francés, inglés, italiano, y portugués, pude ver. Se emocionó cuando supo que había conocido en persona a Cicerón y a los demás. Le pregunté: «¿cómo se puede conciliar la política con la felicidad pública y con la justicia?». La respuesta fue ésta: «Con buenas leyes contra el despotismo, que es el freno de la justicia; con buenos auxilios capaces de poner al día lo que está trasnochado; y con buenas luces para que sean posibles las buenas leyes y los auxilios y, además, para que la felicidad pública se generalice a todos y sea duradera. En suma, con la conjugación adecuada de las buenas leyes, los auxilios y las luces» No sé qué le oí después sobre las mentes supersticiosas y los espíritus delirantes, pero el tiempo se me estaba agotando.

Encontré a Nicolai Hartmann en 1927 en un despacho de la Universidad de Colonia. En el letrero de la puerta contigua pude leer: «Max Scheler», con el que compartía muchas ideas, pero no la creencia en Dios. Estaba a punto de comenzar una de sus lecciones, aunque la primera guerra mundial que había vivido en directo le había dejado un aire de renunciar a la prisa. Le pregunté: «¿los valores existen en nuestra imaginación o en la realidad, y, además, valen todos igual?». Me dijo: «Los valores no son puras imaginaciones sino que existen en la realidad, y no están separados de las mismas cosas a las que hacen valer; son jerárquicos: los que están en la categoría inferior tienen más fuerza, son los instrumentales, los valores placenteros y los valores vitales; los que están en la categoría superior son los espirituales, pero tienen menos fuerza, y no existen sino apoyándose en los precedentes aunque incorporando la autonomía que los otros no tienen; los valores éticos, los estéticos y los del conocimiento son pues, de rango superior pero más débiles» Las últimas palabras las dijo ya saliendo por la puerta hacia su clase. No me quedaba claro cómo se combinaba lo de la fuerza y la jerarquía; ¿quién me había mandado a mí hacerle una pregunta tan difícil? Con las prisas de acabar no le advertí lo de una sola oración, pero me salvó que le cogí atareado.

Presenté a mi jefe en la redacción del periódico las preguntas y las respuestas, dejándole a él la tarea incómoda de buscarle el sentido, que no debía tenerlo entre tanta dispersión histórica, O ¿quizás sí?, ¡quizás sí tenía un sentido ahora que empezaba a verlo a la distancia adecuada! Ahora que sí me voy de verdad a la redacción, en el momento ritual de recoger mi estilográfica, los ojos solos se dirigen hacia unos libros que había ojeado por capítulos hace tiempo y que ya tenía olvidados, creía; se trataba de la Historia de la Ética, en tres volúmenes, dirigida por Victoria Camps, a su lado otros libros de la misma temática. Eso volvía el sueño menos misterioso.

SSC, (2003 y 9/2/2006)

(Publicado en La Nueva España, Suplemento Cultura nº 718, Pág. VIII, El Milenio, Oviedo, jueves, 9 de marzo de 2006. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía»).