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30 jun 2013

Escritos literarios 7 LOMCE



LOMCE

Ley Ominosa para el Malestar y la Crisis Educativa

Carta de un profesor al ministro Wert


Señor Ministro. Le escribo en relación a la LOMCE; no le oculto que la traduzco como Ley Ominosa para el malestar y la crisis educativa.

No niego que algunas de sus ideas sean buenas. Y que sus intenciones finales son buenísimas. Pero no me sirve de consuelo saber que lo que ingiero tiene partes comestibles cuando conozco que voy a envenenarme con ello.

No negaré que usted gobierna amparado en una mayoría absoluta. Pero tampoco olvido que, siguiendo esa misma lógica, yo y otros muchos, muchísimos, haremos todo lo posible para que la LOMCE tenga corta vida y pueda revertirse, para frenar cuanto antes sus vertientes involutivas y dañinas.
Lo que le expongo en esencia, no es un pensamiento solo mío, sino de centenares de miles de españoles con conocimiento de causa. No pretendo molestarle si se lo comunico como lo siento, sin miramientos, porque se trata de una cuestión de Estado, y urgente.

Me atrevería a defender que todo ministro de educación sería merecedor de inmediato cese, e incluso de sufrir ostracismo, en función de su abuso de poder,  cuando después de múltiples años de tomaduras de pelo a las enseñanzas medias (hablo de lo que conozco bien, aunque también habría que tener en cuenta otros niveles educativos), con las reformas de las reformas de las reformas… educativas, nunca elevadas sobre fundamentos firmes… «Merecedor de inmediato cese u ostracismo», digo, al comprobar que vuelve a cometer el mismo error que venimos sufriendo desde hace décadas en la educación: llevar a cabo reformas estructurales sin un consenso amplio y estable y sin un proyecto preciso de futuro, que no quede limitado a ser una tentativa mas de ensayo y error. Habría que crear, claro, una categoría penal nueva que estableciera: «Con la educación no se juega». Allí se indicaría que cierta dosis de ideologización en los planteamientos educativos resulta intolerable para el conjunto de la ciudadanía, tomada como soberanía popular, porque no se estarían respetando las pautas morales que han de regir cualquier bien público estructural.

Sé que casi todas las cosas son discutibles. Por suerte. Aunque creo que la disputa sobre el tema que nos ocupa, podría partir de esa especie de axioma ya apuntado: cualquier ley de educación que quiera serlo de verdad, ha de ser fruto de un amplio, duradero y estable consenso.

Diré algunas de mis razones, nacidas de años de experiencia y, sobre todo, nacidas de haber creído siempre en el potencial de la educación.

La ansiada calidad de la enseñanza no se alcanza apostando por unas materias en detrimento de otras, como si algunas fueran a darnos las claves o fueran más importantes … ¿importantes, en qué, para qué? No se alcanza tampoco haciéndose un lío con la enseñanza religiosa: no es de recibo que una asignatura se establezca imponiendo un horario fantasma a quienes no la siguen. Bienvenida la libertad de elección de los padres, qué duda cabe. Pero es un principio lógico, no ideológico, que la elección de unos no debe arrastrar imposiciones a terceros. Idéntico enredo tenemos con la famosa educación para la ciudadanía, asignatura ridícula: de una hora, con eso ya se dice casi todo.

La calidad de la enseñanza se alcanza fijando unas asignaturas estandarizadas, por siglos de educación y por las exigencias del presente, y dándoles estabilidad, creyendo en ellas. Y creer en ellas significa formar profesorado finamente seleccionado para la labor. Y también significa dotarlas a todas, en general, de tres o cuatro horas a la semana, porque de otra manera pasan a ser asignaturas menores, menos creíbles, «marías», rellenos. Dos horas es demasiado poco para dar entidad a una materia. Ese es un principio elemental que muchos profesionales conocemos de cerca bien y que nunca ha sido encarado con seriedad por los gobernantes. Del mismo modo que puede haber dosis  medicinales que no alcanzan su objetivo curativo, las asignaturas de menos de tres horas pierden parte de su posible efecto y, en definitiva, parecen haber sido puestas sin convicción, cuando no para ceder ante un lobby o como fruto de la política de ensayo y error al que son tan proclives los gobernantes intrépidos o que gobiernan guiados mas por sus razones ideológicas y no tanto por ideales comunes y por motivos generales.

La calidad de la enseñanza se alcanza como resultado de un proceso sistemático y continuado durante varios lustros, donde lo importante es trabajar con seriedad, estabilidad y medios. Y es preciso, para ello, que los profesores y los alumnos sepan que la materia que están trabajando tiene todo el reconocimiento social y no una despectiva condescendencia que les sitúa en horarios marginales. De este modo, se deprecian objetivamente sus contenidos, se toma menos en serio en consecuencia, y se dilapida el trabajo personal y la energía social.

Señor ministro, quédese con las ideas buenas que crea tener, rompa sus papeles actuales, planifique cómo conseguir un consenso fundamental y póngase a trabajar sobre una reforma educativa para elevar la calidad y los rendimientos, pero sin olvidarse de salvaguardar lo básico: a) una formación y selección fina del profesorado, b) unas condiciones de trabajo de los profesores que tengan credibilidad social y c) una estructura educativa estable, flexible en las metodologías pero sólida y duradera en el tiempo.

Por si lo que digo pecare de genérico, le pongo un ejemplo, sacado de mi concreta dedicación: no hay que liarse con el nombre que se le pone a la actividad filosófica impartida en las clases (educación para la ciudadanía, filosofía y ciudadanía, historia de la filosofía optativa/obligatoria/alternativa, etc.), ¿es que quieren reírse de nosotros? Lo que hay que decidir es si se estima importante que los alumnos de los tres últimos cursos de medias estudien, descubran y reflexionen sobre asuntos éticos, antropológicos, lógicos, de historia de las ideas… Y si es así, póngase esa materia con el nombre que siempre tuvo (Filosofía, Ética, Historia de la filosofía), con un número de horas equitativo al del resto. Y hágase con las demás asignaturas del mismo modo. Y si hay alguna asignatura fantasma, que sí que la hay, arrójenla del currículo. No está la educación general para contentar intereses privados ni para establecer comodines que hagan más fácil la confección de horarios.

En suma, la ley de educación que quiere imponer no será buena para España ni para la calidad educativa. El tema es muy complejo y no puede agotarse en una breve carta, aunque lo que pretendo aquí trasmitir es en definitiva esto: consenso político, proyecto a largo plazo y estabilidad e igual dignidad de todas las asignaturas. Cordialmente.
                                                                                                                 SSC
                                                                                                                 7 de febrero de 2013


Publicado en: «LOMCE, Ley Ominosa para el Malestar y la Crisis Educativa». La Nueva España, Tribuna, pág. 30,  Oviedo, jueves,  7 de febrero de 2013.

Escritos literarios 6 Educación para la ciudadanía



Educación para la ciudadanía
¿Cuál es el problema?

                                                                      
 Qué es «Educación para la ciudadanía» (EpC). EpC es una materia que la LOE, Ley Orgánica de Educación en vigor el próximo curso, implantará en Primaria, Secundaria y Bachillerato. En 6º de Primaria dotada con 1,5 horas semanales; y en Secundaria, en 3º de ESO, 1 hora. Tanto la de 6º de Primaria como la de 3º de ESO se llamarán «Educación para la ciudadanía y los derechos humanos» (EpCyDH), la de 4º llevará por nombre «Educación ético-cívica» (EEC) con 0 horas de dotación puesto que se incorpora a la ya existente Ética (2 horas), y en Bachillerato también con 0 horas ya que se introducirá en el temario de Filosofía (3 horas) de 1º de bachillerato. Fuera del Principado de Asturias, en otras comunidades, hay variantes: la de 6º de Primaria y la de 3º de ESO pueden impartirse en cursos inferiores y, también, el número de horas puede diferir según márgenes establecidos –más bien, a la baja-

El Ministerio de Educación determina, de este modo, que a lo largo de la enseñanza no universitaria se reciba una instrucción que forme a los alumnos como ciudadanos, con un mínimo de horas que no puede ser más ínfimo, ¿Es esto bueno o malo, pertinente o improcedente, posible o irrealizable? Y antes: ¿por qué está levantando tanta polémica?

Levanta polémica por cuatro razones. Por una razón ideológica de corto vuelo, por una razón política de influjo profundo y por razones técnicas al tener que hacerse un hueco horario nuevo en los planes de estudio. Y como consecuencia de esta triple problemática, levanta polémica por la confusión de ideas consecuente que se entrevera en la ininterrumpida pugna ideológica por el poder. De ahí que la necesidad más perentoria sea clarificar los términos del problema.

La polémica ideológica de corto vuelo, de cortos intereses, surge al calor del enfrentamiento endémico de los dos partidos mayoritarios de este país. Las leyes de educación siguen utilizándose como armas electorales antes que con criterios de Estado: cambian a bandazos siguiendo el ciclo de la alternancia en el poder. Y así estamos: la LOE que deroga la ley anterior del partido oponente, la cual derogaba otra anterior del contrincante, que venía a derogar otra… ¿Quizás porque España no tiene todavía un modelo educativo laico e independiente, desligado de ciertas fuerzas morales que ponen sus intereses particulares por encima del interés general? Pero esto no nos aclara todavía si la EpC es buena o mala.

La EpC levanta también polémica por una razón política de influjo profundo, en concreto por una razón político-religiosa. En teoría no hay ya un enfrentamiento entre el Estado laico y la confesión religiosa tradicionalmente mayoritaria, pero de hecho tenemos ante nosotros, al parecer, resabios de toda una historia que se vuelve difícil de superar o de transformar. La Iglesia católica tiene la solera de siglos pero la falta del apoyo mayoritario de la sociedad española en la actualidad. El catolicismo contiene para los españoles muchos y numerosos valores insertos en los esquemas culturales y en las costumbres, pero el modo de poder político-moral institucional que representa la Iglesia católica no conecta ya con la población mayoritaria española ni con las nuevas necesidades. Aunque seamos un país culturalmente católico ya no somos mayoritariamente católicos practicantes, y tampoco  apostólicos y romanos. Esta es la radiación de fondo, problemática, aunque técnicamente, entre la asignatura de Religión y la EpC no hay ninguna confrontación esencial. En todo caso, la misma que puede darse con el resto de materias, en cuanto compiten por un espacio horario.

Si planteamos el problema en términos de derechos, entonces, de lo que debería tratarse es de dar el debido cauce a la demanda de enseñanza religiosa confesional sin que ello supusiera imposición alguna para el resto. En el esquema de la LOE, la asignatura de Religión ha quedado bien parada, con 15 horas semanales listas para poder atender las necesidades formativas religiosas de los alumnos que lo demanden (9 horas en Primaria, 5 en Secundaria y 1 en Bachillerato). Pero este derecho todavía no se ha deslindado con toda justicia porque se soluciona provocando otro problema: para que la asignatura de Religión se desarrolle como la LOE ha previsto, el resto de la población española que no demanda religión confesional deberá entretener esas 15 horas de algún modo imaginativo (con «historia y cultura sobre las religiones» –alternativa, no se olvide- y para los que no quieran esto con aquello que cada Centro estime oportuno y no discriminatorio), ¿en nombre de que pueda realizarse la libertad religiosa de los católico practicantes y de que se dé una efectiva igualdad con el resto? El resto ha de transigir.
Si con ello quiere apelarse a la necesidad de instrucción en cultura religiosa, lo que se derivaría de ahí sería una materia general, no confesional, científica, impartida por profesores adecuadamente titulados y dependientes del Ministerio de Educación y en ninguna medida de los obispados. Para ello habría que elaborar un nuevo Concordato, con el Estado romano. En realidad, la solución de las rivalidades que se crean entre distintos modelos morales particulares (católicos, islámicos, budistas, escépticos, agnósticos, ateos, etc.) quedaría solucionada al situar la enseñanza religiosa confesional fuera del horario escolar general, en sus lugares apropiados (iglesias, mezquitas…); si bien, sería justo que la religión mayoritaria española pudiera ser canalizada con acuerdos específicos para usar los espacios públicos de las instituciones civiles, en coherencia con una tradición que aún pueda seguir viva. Pero dar cabida a todas las confesiones religiosas dentro del presupuesto educativo supone una mala aplicación de la libertad religiosa (concepto del siglo XVII), puesto que ésta se sobreentiende desde el siglo XIX circunscrita al ámbito de lo privado; sin perjuicio, claro, de que puedan expresarse públicamente como una fuerza moral más, realmente existente. Libertad a canalizar en los derechos morales: basados en la pluralidad. Pero no libertad capaz de torpedear los derechos políticos: basados en la unidad de cada sociedad política.

Como este fragor de cuestiones es lo que está en la trastienda de nuestra historia, ciertos grupos extremistas católicos están planteando una objeción de conciencia frente a la EpC. ¿Por qué? Porque, según ellos la educación en los valores morales ha de depender de las familias y no del Estado. Estamos, entonces, ante un intento de recortar las funciones del Estado, que tiene como objetivo buscar un común denominador en materia de deberes y de derechos (a la sanidad, a la enseñanza, etc.). Y estamos ante un intento de definir la moral según una visión interesada. ¿Si hace décadas había un coloreado moral católico común que daba unidad a nuestra cultura no ha de educarse, ahora, en ese abanico común de valores cívicos que son imprescindibles? Si hasta ahora no se había concretado una asignatura formativa en ciudadanía era porque se presuponía que estaba funcionando diluida en todas partes. A mi entender, apostar por un modelo transversal, no directo, supone correr los riesgos de una sombra, que no tiene solidez. Ya sabemos que la educación es cosa de la «tribu» entera y no sólo de la escuela, pero es en la escuela donde ha de cuajar, junto a la educación familiar. Asegurados los valores generales compartidos, la familia y la propia responsabilidad de cada sujeto tendrán, por su parte, todo un campo propio de intensificación, de modulación o de superación de lo que pueda entenderse escolarmente por educación moral.

Damos por bien establecido que los contenidos de cualquier educación en ciudadanía han de ser un objetivo obligado para una sociedad. Y si no tienen una asignatura todavía es porque se supone ya establecido en múltiples intersticios. España y el conjunto de la Unión Europea parece que apuestan por esta nueva materia escolar. Entonces, lo que pueda tener de malo la EpC no ha de extraerse ni de la lucha de la rivalidad parlamentaria ni de la neurosis de algunos grupos extremistas católicos que no quieren renunciar a las prebendas, sino de los contenidos y de las condiciones de existencia de esta materia. Los contenidos de estas nuevas asignaturas quedan definidos en España insistiendo en los valores de la libertad, de la igualdad y de la justicia, y en el conocimiento de las normas e instituciones comunes desde un enfoque que se pretende plural, abierto y crítico. Su desarrollo concreto dependerá de la pericia de los profesores. ¿Algo que alegar sobre estos valores?

El gran problema de la EpC viene dado por sus insuficientes condiciones de existencia. El problema es que debería haber «más ciudadanía». Una asignatura dotada de un horario tan exiguo será relegada por el alumno y secundaria para las familias, tenderá  a no tener pretensiones académicas (exigencia, trabajo, peso específico, seriedad, etc.), será rehuida por los profesores (¿quién va a querer trabajar el triple?: un grupo de una hora ha de ser evaluado igual que el de tres horas) y postergada en las preferencias por su falta de credibilidad académica: pensemos que la relación entre el profesor y los alumnos depende de los ritmos que pueden generarse en el trabajo conjunto y que una hora semanal, que a veces, por fiestas o por otras actividades, será quincenal, arrastrará de por sí un ritmo siempre truncado. Se tratará de una asignatura decorativa, ¿es eso lo que se pretende?

La EpC sólo podrá llevarse adelante dignamente, en estas duras condiciones, desde la asunción por parte del profesorado de las cuatro asignaturas (EpCyDH de 6º de Primaria y de 3º de ESO, EEC y Filosofía) como una materia única. Habrá seguramente varios modos de conseguir esta unidad material (la unidad formal viene definida ya por la ley). Personalmente el modo idóneo que yo veo es el de entenderla como una materia del ámbito del departamento de Filosofía (hasta ahora sólo parcialmente se entiende así, puesto que sólo Ética y Filosofía están adscritas a este departamento), que tendría en su mano conectar las distintas exiguas asignaturas a través de las programaciones didácticas. La relación entre Primaria y Secundaria podría articularse, por lo menos, a través de los Centro del Profesorado mediante la formación de los profesores de Primaria. Pero ¿cómo hacer que este diseño general abstracto no decaiga ante las rutinas y las inercias que van a surgir necesariamente dadas sus condiciones de existencia? Será la tarea de todos. Se mantendrá esta enclenque asignatura durante algún tiempo si los profesores afectados la acogen con voluntarismo y convicción. Se salvará a largo plazo, si a la mínima posibilidad en el futuro se arregla este desafuero de la cantidad horaria. Acabará siendo un «quiero sin querer en mí», un canto al aire, una intención para el escaparate si no se consigue reforzarla.

                                                       SSC
                                                       Gijón, 2 de abril de 2007



«Educación para la Ciudadanía: ¿cuál es el problema?», La Nueva España, Tribuna, Pág. 44, Oviedo, viernes, 27 de abril de 2007. Versión desarrollada publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía». También  aparece en Prímula.

Escritos literarios 4 Sobre drogarse


SOBRE DROGARSE

                      

Delito de todos: delito de nadie


Resulta reconfortante comprobar que no se pierde el tiempo al viajar. En uno de esos tediosos trayectos entre Oviedo y Gijón, en ALSA, tuve la suerte de que los dos asientos de delante hablaban apasionadamente:

-Tío, corría de todo. Alcohol por litros. Estaban enchufados, como a su propio destino. De la hierba y los canutos se pasaba a la coca y las pastillas. ¡De dónde sale tanta pasta!, como dice mi vieja.

-Yo prefiero pasar, ¡qué quieres que te diga!

-¿No serás un estrecho?

-A mí no me impresionan los efectos. ¡Para quien los busque! Estoy en contra de forma militante, por política.

-Qué dices tío, ¿eres un facha?

-Fachas de los pies a la cabeza son esa peste de peleles inconscientes. Fachas sin saberlo, y no tienen remedio. Porque para mí un facha es quien colabora con la mierda.

-¡Vaya subidón que te está dando! Ni que fueran los mismos narcos.

-Precisamente, ¡ellos son!, ¿quién te crees entonces que son los verdaderos narcotraficantes?, ¡son su razón primera, su primera causa! El círculo de la mierda del narcotráfico, lo mismo que el de la prostitución infantil, se cierra con este consumidor que tiene nombre y apellidos y que cree que sólo se está divirtiendo. No conozco a ninguno que no se sienta buen chico y que crea que los narcotraficantes están en una Colombia corrupta o en el Afganistán de los talibanes. El círculo sólo se cierra con él y sólo él podría estrangularlo.

-Pero tío, no es más que una gota en el mar, ¿qué podría hacer?

-Por lo pronto no colaborar.

-Pero no vas a comparar al verdadero narco, a un Escobar Gaviria, el «Patrón», el asesino de cientos de personas en Hispanoamérica, con éste que sólo llega a meterse alguna raya.

-Pongo a cada cual en su lugar, en lo que hace y provoca. El pobre fantoche no es un asesino pero es un colaborador. Y sin colaboradores no hay asesinos ni narcos.

-Ya, ¡por eso!: si vas mamao y atropellas y matas a alguien, te sirve de atenuante.

-Quien bebe en exceso, quien conduce bebido y quien atropella y mata conduciendo bebido ¿no suma delitos? Son agravantes, tío. La justicia es aquí también delincuente...

El resoplido maquinal de la arribada sentenció en seco el caso.

                                            
                                                                                                                        SSC
                                                                                            Gijón, 29, septiembre de 2007



Publicado en: «Sobre drogarse. Delito de todos: delito de nadie». La Nueva España, Suplemento Cultura nº 777, pág. 5,  Oviedo, jueves, 25 de octubre de 2007.