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30 jun 2013

Escritos literarios 26 Narrar y moralizar



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Narrar y moralizar

En busca de la frontera del bien y del mal


Casa de verano con piscinaHerman Koch, Ed. Salamandra, Barcelona, 2012, 348 páginas.
La cenaHerman Koch, Ed. Salamandra, Barcelona, 2010, 288 páginas.


La función moral de la literatura nace con la literatura misma. Se trata de una de sus funciones esenciales; discutir si la mas importante, sería banal y ocioso.  Pero, como quiera que se mire, ocupa un lugar privativo, del que la condición humana no puede desprenderse: la zozobra de la identificación del bien y del mal.

Existe una literatura directamente moralizadora: amonestadora e inductora. Casi todas las corrientes literarias se alejan de este ángulo, porque es muy difícil que una estrategia tal, amaestradora, sea interesante. Didáctica, como mucho. De ahí que veamos profusamente que los literatos prefieran mostrar los vicios individuales, los tumores sociales, los conflictos complejos. Es la tarea de poner el espejo sobre los males y dejar que cada uno saque las consecuencias, casi siempre mas profundas que las directamente aleccionadoras e impuestas. En esta literatura, retrato de los males de su tiempo, encontramos dos variantes próximas. La novela que es directamente denuncia de un estado de depravación o corrupción. Y la que indaga las fronteras de lo que ha de entenderse por bien y por mal.
Algunas publicaciones recientes nos llevan, como signo de nuestro tiempo, a recrearnos en la preocupación por las fronteras morales. Puede verse en Michel Houellebecq («El mapa y el territorio», Anagrama, 2011), quien combina el tema de la frontera moral con la duda sobre la presunta propia identidad esencial. En R. Menéndez Salmón («Medusa», Anagrama, 2012; «La luz es más antigua que el amor», Anagrama, 2010; y «La ofensa», Anagrama, 2007), que indaga en el poder transformador de las circunstancias esenciales. En Javier Marías («Tu rostro mañana», la trilogía de Alfaguara), capaz de sumergirse en el escepticismo cínico de la multiplicidad de planos valorativos. En Eduardo Mendoza («Riña de gatos», Planeta, 2010), donde entran en lucha la razón política y la ética. En Philippe Claudel («El informe de Brodeck», Salamandra, 2008; y «Almas grises», Salamandra, 2005), especialmente potente en la denuncia de las vergüenzas históricas y en dibujar el perfil de la parte de responsabilidad que toca a los distintos protagonistas: a los sujetos aislados y su capacidad de resistencia y a las ideologías en marcha. Y en Herman Koch, que pondremos un momento bajo nuestro objetivo.

Herman Koch ha alcanzado celebridad recientemente entre su público inmediato, en especial con «La cena», Libro del Año 2009 en Holanda, y que por alguna razón ha sido traducido a veintiún idiomas. Tras «La cena» (Salamandra 2010) vino «Casa de verano con piscina» (Salamandra, 2012). Bien se ve que el autor está totalmente hipnotizado por la problemática de la primera novela cuando comprobamos que vuelve a ella en la siguiente. Casi nada esencial cambia. Un profesor se convierte en la otra historia en un médico. Un padre de familia que tiene un hijo adolescente pasa a tener dos hijas adolescentes. Los relatos varían aparentemente: uno estructurado en torno a una cena familiar, el otro girando sobre las vacaciones familiares. Pero los dos analizan el mismo problema: la patente conciencia moral encarnada en el protagonista (puede adivinarse que quizá peligrosamente generalizada), que no tiene dudas sobre los valores a defender en el estrecho ámbito ético de la familia, con los hijos muy especialmente. Pero a partir de esa frontera, los criterios valorativos se vuelven endebles, relativos, prescindibles…

De escritura espontánea y clara, sin méritos estilísticos extraordinarios que no sea la sencillez, consigue destilar un resultado global, aquilatar algo tras la mera entretenida narración. Se tiene la sensación de haber visto claramente algo invisible, a base de posar la mirada reiteradamente en el mismo lugar a lo largo del relato: el paisaje espiritual donde se ordena interiormente el bien y el mal del narrador que nos habla todo el tiempo desde sus soliloquios y sus secretos. Pero no es una imagen asertiva y limpia, sino problemática y turbia, porque al apostarse sobre sus posiciones particulares pone en vilo algunos de los principios supuestamente universales. Y, al final, uno se ve obligado a responderse a sí mismo: ¿se trata de un relativismo moral plausible como medio de supervivencia en la realidad social de hoy o se trata más bien de una degeneración típica de la condición humana?, una degeneración típica que se recrearía en el presente con tintes propios, eso sí. ¿De qué se trata? Lo diríamos, si no fuera mejor que el lector lo viera por sí mismo.

                                                                                                 SSC
                                                                                                 14 de febrero de 2013



Publicado en: «Narrar y moralizar». La Nueva España, Suplemento Cultura nº 996, pág. 2,  Oviedo, jueves,  14 de febrero de 2013.

Escritos literarios 8 Filosofía, moda primavera



FILOSOFÍA, MODA PRIMAVERA

¿QUÉ LEER?


Cada año se publican cientos de miles de libros en inglés, en español, en chino... En algún lugar han de aguardar millones de personas curiosas de leerlos o poseerlos. Hay incluso fervoroso público que espera la continuación de su obra favorita. Pero sólo un porcentaje básico de lo publicado tiene su venta asegurada. Además de los éxitos en curso hay que arriesgar continuamente. Una parte de la apuesta editorial ha de ir a la búsqueda de un «buen producto» —según múltiples categorías de lo bueno, ¿quién no lo tiene claro?—

Millones de personas serán consumidoras de un solo libro o de unos pocos, en su vida no necesitan más. Una guía de viaje, un libro de cocina, una novela recomendada en el instituto o un regalo incómodo. Es normal, el libro no es un instrumento de trabajo válido para muchas personas. Tampoco pasa a ser un modo de ocio estable, sobran alternativas. Otros, durante sus años de formación, llegarán a barajar varias decenas de libros que guardarán probablemente siempre hasta que, heredados, alguien los ventile en algún rastro. Una minoría de la humanidad es lectora habitual, y, así, caen cinco, diez, o quince o veinte libros al año. Algunos leen más, por hábito, por necesidad o por patología. La mayoría lee novelas, algunos catan también los ensayos. Además de leer han de almacenarse para las consultas, los intelectuales, los bibliófilos y el obligado aprovisionamiento de las bibliotecas públicas (¡ay del libro que no se reedita!).

Uno de los problemas centrales en esta jungla es perderse o tropezar o quedar insatisfecho, porque ¿qué leer? Nadie mejor que el propio lector, si conoce sus gustos y sabe lo que le conviene. Ése suele ser el problema. Están los escaparates, los estantes, el manoseo, el hojeo y ojeo para decidirse. Una pista, una frase, una sugerencia, un gancho, un reconocimiento... a veces bastan para resolverse y para arriesgarse. El riesgo como emoción del buen lector. Y la norma de leer un mínimo suficiente de páginas hasta dejar patente que aquello es un intento fallido o hasta que, al contrario, nos atrape nos interese o nos enseñe algo. ¡Qué diferencia entre leer indagando en las inquietantes mudas líneas o leer subido al ritmo de un entretenimiento prometido! Dos ideas de lectura totalmente distintas.

Entre el libro físico y el lector físico hay todos esos espacios intercalados, submundos y pasadizos que se han ido haciendo habituales y hasta en parte necesarios en el mercado y el trasiego bibliográfico: las reseñas y las críticas de libros. Esta misma que lees, lector, ahora. Y en tan variado mercado, con sus correspondientes especialidades, y entre ellas, una: filosofía y sus imperios. La cuestión a estas alturas sigue siendo la misma: ¿qué leer, y, concretamente, qué, si me atrevo por el ensayo o por los temas filosóficos? Y yo qué sé querido lector, si hay tanto y tan variado y tan constante que puede uno marearse. Sin embargo, para evitar la parálisis del deseo o la modorra mental o la insipiencia del simplificador que todo lo desprecia en medio del aprecio universal, hagamos un corte, casi al azar, mejor: bajo la contingencia del filtro de mis catas, que ellas sí están sujetas a su propio azar.

Recientemente, anda por las librerías «Terror y libertad», de Paul Berman (Tusquets, 2007). Lo bueno de este autor norteamericano: el análisis sobre las raíces profundas ideológico-religiosas que el rechazo del fundamentalismo islámico hace a la democracia liberal de nuestro tiempo. Lo malo: que éste va a ser un tema recurrente en lo que queda de siglo.

También: «La existencia del mundo. Introducción a la ontología», de Reinhardt Grossmann (Tecnos, 2007). Lo bueno de este autor británico: que no se corta un pelo para tratar de mostrar que además de un universo físico hay un mundo no físico. Lo malo: que su concepción sobre el enfoque llamado naturalismo frente al ontológico podría afinarse mucho más.

Más: «El cerdo que quería ser jamón. Y otros noventa y nueve experimentos para filósofos de salón», de Julian Baggini (Paidós, 2007). Lo bueno: cien sugestivos pequeños artículos que tratan de inculcar el gusto por la filosofía.  Lo malo: que no en todos los intentos consigue levantar el verdadero vuelo crítico del pensamiento.

Todavía: «La razón salvaje. Lógica del dominio: tecnociencia, racismo y racionalidad», de Juanma Sánchez Arteaga (Lengua de Trapo, 2007). Lo bueno de este autor español: el esfuerzo que hace por poner al descubierto la parte de mitología y de ideología que toda ciencia comporta. Lo malo: que la tesis global parece caer en el anarquismo gnoseológico.

Aún: «Ética demostrada según el orden geométrico», de Baruch Spinoza, en traducción, introducción y notas de Vidal Peña, con más notas y epílogo de Gabriel Albiac (Tecnos, 2007). Lo bueno: escrito siempre memorable la de este judío-español-holandés del XVII, fuente de continuos descubrimientos. Todavía estoy esperando que alguien escriba la continuación de esta gran obra. Lo malo: aquí nada veo de malo, porque nos la traduce y comenta Vidal y nos la recomenta y apuntilla Albiac, ¡difícil mejorar el fichaje!

Rematemos: «Ciencia del bien y el mal», de Javier Echeverría (Herder, 2007). Lo bueno: que el ensayo contiene una teoría axiomática del bien y el mal; o sea, que es como intentar la continuación de la «Ética» de Spinoza. Lo malo: que confunde a mi entender dos cosas, la primera, la pretensión de igualar en un mismo nivel axiológico todos los valores indistintamente: estéticos, epistémicos, morales, etc. La segunda, ligada a la anterior, que desecha, como secundaria, la diferencia entre el ser y el deber-ser. ¿Por alguna ineludible influencia postmoderna?

Con estos comentarios basta ya para la primera sensación de vértigo, pero por si hubiera algún contumaz lector, sepa ese señor o señora que además Tecnos ha reeditado en 2007 a Locke: «La ley de la naturaleza»; también a Hume: «Investigación sobre el conocimiento humano» y en el mismo volumen «Investigación sobre los principios de la moral»; y, acabando con un tercero, a Nietzsche: «Fragmentos póstumos (1869-1874)»; y Taurus paralelamente ha publicado de Giovanni Sartori, «¿Qué es la democracia?», y de Victoria Camps y Amelia Valcárcel: «Hablemos de Dios».

Así mismo… ¡Oiga, cuánto tiempo cree usted que podemos dilatar esto! ¡Tenga un poco de mesura y déjelo ya!, por favor.

                                                                                                                      SSC
                                                                                                                      24 de mayo de 2007


Publicado en: «Filosofía, moda primavera: ¿qué leer?», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 768, pág. V,  Oviedo, jueves, 24 de mayo de 2007. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía».