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30 jun 2013

Escritos literarios 7 LOMCE



LOMCE

Ley Ominosa para el Malestar y la Crisis Educativa

Carta de un profesor al ministro Wert


Señor Ministro. Le escribo en relación a la LOMCE; no le oculto que la traduzco como Ley Ominosa para el malestar y la crisis educativa.

No niego que algunas de sus ideas sean buenas. Y que sus intenciones finales son buenísimas. Pero no me sirve de consuelo saber que lo que ingiero tiene partes comestibles cuando conozco que voy a envenenarme con ello.

No negaré que usted gobierna amparado en una mayoría absoluta. Pero tampoco olvido que, siguiendo esa misma lógica, yo y otros muchos, muchísimos, haremos todo lo posible para que la LOMCE tenga corta vida y pueda revertirse, para frenar cuanto antes sus vertientes involutivas y dañinas.
Lo que le expongo en esencia, no es un pensamiento solo mío, sino de centenares de miles de españoles con conocimiento de causa. No pretendo molestarle si se lo comunico como lo siento, sin miramientos, porque se trata de una cuestión de Estado, y urgente.

Me atrevería a defender que todo ministro de educación sería merecedor de inmediato cese, e incluso de sufrir ostracismo, en función de su abuso de poder,  cuando después de múltiples años de tomaduras de pelo a las enseñanzas medias (hablo de lo que conozco bien, aunque también habría que tener en cuenta otros niveles educativos), con las reformas de las reformas de las reformas… educativas, nunca elevadas sobre fundamentos firmes… «Merecedor de inmediato cese u ostracismo», digo, al comprobar que vuelve a cometer el mismo error que venimos sufriendo desde hace décadas en la educación: llevar a cabo reformas estructurales sin un consenso amplio y estable y sin un proyecto preciso de futuro, que no quede limitado a ser una tentativa mas de ensayo y error. Habría que crear, claro, una categoría penal nueva que estableciera: «Con la educación no se juega». Allí se indicaría que cierta dosis de ideologización en los planteamientos educativos resulta intolerable para el conjunto de la ciudadanía, tomada como soberanía popular, porque no se estarían respetando las pautas morales que han de regir cualquier bien público estructural.

Sé que casi todas las cosas son discutibles. Por suerte. Aunque creo que la disputa sobre el tema que nos ocupa, podría partir de esa especie de axioma ya apuntado: cualquier ley de educación que quiera serlo de verdad, ha de ser fruto de un amplio, duradero y estable consenso.

Diré algunas de mis razones, nacidas de años de experiencia y, sobre todo, nacidas de haber creído siempre en el potencial de la educación.

La ansiada calidad de la enseñanza no se alcanza apostando por unas materias en detrimento de otras, como si algunas fueran a darnos las claves o fueran más importantes … ¿importantes, en qué, para qué? No se alcanza tampoco haciéndose un lío con la enseñanza religiosa: no es de recibo que una asignatura se establezca imponiendo un horario fantasma a quienes no la siguen. Bienvenida la libertad de elección de los padres, qué duda cabe. Pero es un principio lógico, no ideológico, que la elección de unos no debe arrastrar imposiciones a terceros. Idéntico enredo tenemos con la famosa educación para la ciudadanía, asignatura ridícula: de una hora, con eso ya se dice casi todo.

La calidad de la enseñanza se alcanza fijando unas asignaturas estandarizadas, por siglos de educación y por las exigencias del presente, y dándoles estabilidad, creyendo en ellas. Y creer en ellas significa formar profesorado finamente seleccionado para la labor. Y también significa dotarlas a todas, en general, de tres o cuatro horas a la semana, porque de otra manera pasan a ser asignaturas menores, menos creíbles, «marías», rellenos. Dos horas es demasiado poco para dar entidad a una materia. Ese es un principio elemental que muchos profesionales conocemos de cerca bien y que nunca ha sido encarado con seriedad por los gobernantes. Del mismo modo que puede haber dosis  medicinales que no alcanzan su objetivo curativo, las asignaturas de menos de tres horas pierden parte de su posible efecto y, en definitiva, parecen haber sido puestas sin convicción, cuando no para ceder ante un lobby o como fruto de la política de ensayo y error al que son tan proclives los gobernantes intrépidos o que gobiernan guiados mas por sus razones ideológicas y no tanto por ideales comunes y por motivos generales.

La calidad de la enseñanza se alcanza como resultado de un proceso sistemático y continuado durante varios lustros, donde lo importante es trabajar con seriedad, estabilidad y medios. Y es preciso, para ello, que los profesores y los alumnos sepan que la materia que están trabajando tiene todo el reconocimiento social y no una despectiva condescendencia que les sitúa en horarios marginales. De este modo, se deprecian objetivamente sus contenidos, se toma menos en serio en consecuencia, y se dilapida el trabajo personal y la energía social.

Señor ministro, quédese con las ideas buenas que crea tener, rompa sus papeles actuales, planifique cómo conseguir un consenso fundamental y póngase a trabajar sobre una reforma educativa para elevar la calidad y los rendimientos, pero sin olvidarse de salvaguardar lo básico: a) una formación y selección fina del profesorado, b) unas condiciones de trabajo de los profesores que tengan credibilidad social y c) una estructura educativa estable, flexible en las metodologías pero sólida y duradera en el tiempo.

Por si lo que digo pecare de genérico, le pongo un ejemplo, sacado de mi concreta dedicación: no hay que liarse con el nombre que se le pone a la actividad filosófica impartida en las clases (educación para la ciudadanía, filosofía y ciudadanía, historia de la filosofía optativa/obligatoria/alternativa, etc.), ¿es que quieren reírse de nosotros? Lo que hay que decidir es si se estima importante que los alumnos de los tres últimos cursos de medias estudien, descubran y reflexionen sobre asuntos éticos, antropológicos, lógicos, de historia de las ideas… Y si es así, póngase esa materia con el nombre que siempre tuvo (Filosofía, Ética, Historia de la filosofía), con un número de horas equitativo al del resto. Y hágase con las demás asignaturas del mismo modo. Y si hay alguna asignatura fantasma, que sí que la hay, arrójenla del currículo. No está la educación general para contentar intereses privados ni para establecer comodines que hagan más fácil la confección de horarios.

En suma, la ley de educación que quiere imponer no será buena para España ni para la calidad educativa. El tema es muy complejo y no puede agotarse en una breve carta, aunque lo que pretendo aquí trasmitir es en definitiva esto: consenso político, proyecto a largo plazo y estabilidad e igual dignidad de todas las asignaturas. Cordialmente.
                                                                                                                 SSC
                                                                                                                 7 de febrero de 2013


Publicado en: «LOMCE, Ley Ominosa para el Malestar y la Crisis Educativa». La Nueva España, Tribuna, pág. 30,  Oviedo, jueves,  7 de febrero de 2013.

Escritos literarios 6 Educación para la ciudadanía



Educación para la ciudadanía
¿Cuál es el problema?

                                                                      
 Qué es «Educación para la ciudadanía» (EpC). EpC es una materia que la LOE, Ley Orgánica de Educación en vigor el próximo curso, implantará en Primaria, Secundaria y Bachillerato. En 6º de Primaria dotada con 1,5 horas semanales; y en Secundaria, en 3º de ESO, 1 hora. Tanto la de 6º de Primaria como la de 3º de ESO se llamarán «Educación para la ciudadanía y los derechos humanos» (EpCyDH), la de 4º llevará por nombre «Educación ético-cívica» (EEC) con 0 horas de dotación puesto que se incorpora a la ya existente Ética (2 horas), y en Bachillerato también con 0 horas ya que se introducirá en el temario de Filosofía (3 horas) de 1º de bachillerato. Fuera del Principado de Asturias, en otras comunidades, hay variantes: la de 6º de Primaria y la de 3º de ESO pueden impartirse en cursos inferiores y, también, el número de horas puede diferir según márgenes establecidos –más bien, a la baja-

El Ministerio de Educación determina, de este modo, que a lo largo de la enseñanza no universitaria se reciba una instrucción que forme a los alumnos como ciudadanos, con un mínimo de horas que no puede ser más ínfimo, ¿Es esto bueno o malo, pertinente o improcedente, posible o irrealizable? Y antes: ¿por qué está levantando tanta polémica?

Levanta polémica por cuatro razones. Por una razón ideológica de corto vuelo, por una razón política de influjo profundo y por razones técnicas al tener que hacerse un hueco horario nuevo en los planes de estudio. Y como consecuencia de esta triple problemática, levanta polémica por la confusión de ideas consecuente que se entrevera en la ininterrumpida pugna ideológica por el poder. De ahí que la necesidad más perentoria sea clarificar los términos del problema.

La polémica ideológica de corto vuelo, de cortos intereses, surge al calor del enfrentamiento endémico de los dos partidos mayoritarios de este país. Las leyes de educación siguen utilizándose como armas electorales antes que con criterios de Estado: cambian a bandazos siguiendo el ciclo de la alternancia en el poder. Y así estamos: la LOE que deroga la ley anterior del partido oponente, la cual derogaba otra anterior del contrincante, que venía a derogar otra… ¿Quizás porque España no tiene todavía un modelo educativo laico e independiente, desligado de ciertas fuerzas morales que ponen sus intereses particulares por encima del interés general? Pero esto no nos aclara todavía si la EpC es buena o mala.

La EpC levanta también polémica por una razón política de influjo profundo, en concreto por una razón político-religiosa. En teoría no hay ya un enfrentamiento entre el Estado laico y la confesión religiosa tradicionalmente mayoritaria, pero de hecho tenemos ante nosotros, al parecer, resabios de toda una historia que se vuelve difícil de superar o de transformar. La Iglesia católica tiene la solera de siglos pero la falta del apoyo mayoritario de la sociedad española en la actualidad. El catolicismo contiene para los españoles muchos y numerosos valores insertos en los esquemas culturales y en las costumbres, pero el modo de poder político-moral institucional que representa la Iglesia católica no conecta ya con la población mayoritaria española ni con las nuevas necesidades. Aunque seamos un país culturalmente católico ya no somos mayoritariamente católicos practicantes, y tampoco  apostólicos y romanos. Esta es la radiación de fondo, problemática, aunque técnicamente, entre la asignatura de Religión y la EpC no hay ninguna confrontación esencial. En todo caso, la misma que puede darse con el resto de materias, en cuanto compiten por un espacio horario.

Si planteamos el problema en términos de derechos, entonces, de lo que debería tratarse es de dar el debido cauce a la demanda de enseñanza religiosa confesional sin que ello supusiera imposición alguna para el resto. En el esquema de la LOE, la asignatura de Religión ha quedado bien parada, con 15 horas semanales listas para poder atender las necesidades formativas religiosas de los alumnos que lo demanden (9 horas en Primaria, 5 en Secundaria y 1 en Bachillerato). Pero este derecho todavía no se ha deslindado con toda justicia porque se soluciona provocando otro problema: para que la asignatura de Religión se desarrolle como la LOE ha previsto, el resto de la población española que no demanda religión confesional deberá entretener esas 15 horas de algún modo imaginativo (con «historia y cultura sobre las religiones» –alternativa, no se olvide- y para los que no quieran esto con aquello que cada Centro estime oportuno y no discriminatorio), ¿en nombre de que pueda realizarse la libertad religiosa de los católico practicantes y de que se dé una efectiva igualdad con el resto? El resto ha de transigir.
Si con ello quiere apelarse a la necesidad de instrucción en cultura religiosa, lo que se derivaría de ahí sería una materia general, no confesional, científica, impartida por profesores adecuadamente titulados y dependientes del Ministerio de Educación y en ninguna medida de los obispados. Para ello habría que elaborar un nuevo Concordato, con el Estado romano. En realidad, la solución de las rivalidades que se crean entre distintos modelos morales particulares (católicos, islámicos, budistas, escépticos, agnósticos, ateos, etc.) quedaría solucionada al situar la enseñanza religiosa confesional fuera del horario escolar general, en sus lugares apropiados (iglesias, mezquitas…); si bien, sería justo que la religión mayoritaria española pudiera ser canalizada con acuerdos específicos para usar los espacios públicos de las instituciones civiles, en coherencia con una tradición que aún pueda seguir viva. Pero dar cabida a todas las confesiones religiosas dentro del presupuesto educativo supone una mala aplicación de la libertad religiosa (concepto del siglo XVII), puesto que ésta se sobreentiende desde el siglo XIX circunscrita al ámbito de lo privado; sin perjuicio, claro, de que puedan expresarse públicamente como una fuerza moral más, realmente existente. Libertad a canalizar en los derechos morales: basados en la pluralidad. Pero no libertad capaz de torpedear los derechos políticos: basados en la unidad de cada sociedad política.

Como este fragor de cuestiones es lo que está en la trastienda de nuestra historia, ciertos grupos extremistas católicos están planteando una objeción de conciencia frente a la EpC. ¿Por qué? Porque, según ellos la educación en los valores morales ha de depender de las familias y no del Estado. Estamos, entonces, ante un intento de recortar las funciones del Estado, que tiene como objetivo buscar un común denominador en materia de deberes y de derechos (a la sanidad, a la enseñanza, etc.). Y estamos ante un intento de definir la moral según una visión interesada. ¿Si hace décadas había un coloreado moral católico común que daba unidad a nuestra cultura no ha de educarse, ahora, en ese abanico común de valores cívicos que son imprescindibles? Si hasta ahora no se había concretado una asignatura formativa en ciudadanía era porque se presuponía que estaba funcionando diluida en todas partes. A mi entender, apostar por un modelo transversal, no directo, supone correr los riesgos de una sombra, que no tiene solidez. Ya sabemos que la educación es cosa de la «tribu» entera y no sólo de la escuela, pero es en la escuela donde ha de cuajar, junto a la educación familiar. Asegurados los valores generales compartidos, la familia y la propia responsabilidad de cada sujeto tendrán, por su parte, todo un campo propio de intensificación, de modulación o de superación de lo que pueda entenderse escolarmente por educación moral.

Damos por bien establecido que los contenidos de cualquier educación en ciudadanía han de ser un objetivo obligado para una sociedad. Y si no tienen una asignatura todavía es porque se supone ya establecido en múltiples intersticios. España y el conjunto de la Unión Europea parece que apuestan por esta nueva materia escolar. Entonces, lo que pueda tener de malo la EpC no ha de extraerse ni de la lucha de la rivalidad parlamentaria ni de la neurosis de algunos grupos extremistas católicos que no quieren renunciar a las prebendas, sino de los contenidos y de las condiciones de existencia de esta materia. Los contenidos de estas nuevas asignaturas quedan definidos en España insistiendo en los valores de la libertad, de la igualdad y de la justicia, y en el conocimiento de las normas e instituciones comunes desde un enfoque que se pretende plural, abierto y crítico. Su desarrollo concreto dependerá de la pericia de los profesores. ¿Algo que alegar sobre estos valores?

El gran problema de la EpC viene dado por sus insuficientes condiciones de existencia. El problema es que debería haber «más ciudadanía». Una asignatura dotada de un horario tan exiguo será relegada por el alumno y secundaria para las familias, tenderá  a no tener pretensiones académicas (exigencia, trabajo, peso específico, seriedad, etc.), será rehuida por los profesores (¿quién va a querer trabajar el triple?: un grupo de una hora ha de ser evaluado igual que el de tres horas) y postergada en las preferencias por su falta de credibilidad académica: pensemos que la relación entre el profesor y los alumnos depende de los ritmos que pueden generarse en el trabajo conjunto y que una hora semanal, que a veces, por fiestas o por otras actividades, será quincenal, arrastrará de por sí un ritmo siempre truncado. Se tratará de una asignatura decorativa, ¿es eso lo que se pretende?

La EpC sólo podrá llevarse adelante dignamente, en estas duras condiciones, desde la asunción por parte del profesorado de las cuatro asignaturas (EpCyDH de 6º de Primaria y de 3º de ESO, EEC y Filosofía) como una materia única. Habrá seguramente varios modos de conseguir esta unidad material (la unidad formal viene definida ya por la ley). Personalmente el modo idóneo que yo veo es el de entenderla como una materia del ámbito del departamento de Filosofía (hasta ahora sólo parcialmente se entiende así, puesto que sólo Ética y Filosofía están adscritas a este departamento), que tendría en su mano conectar las distintas exiguas asignaturas a través de las programaciones didácticas. La relación entre Primaria y Secundaria podría articularse, por lo menos, a través de los Centro del Profesorado mediante la formación de los profesores de Primaria. Pero ¿cómo hacer que este diseño general abstracto no decaiga ante las rutinas y las inercias que van a surgir necesariamente dadas sus condiciones de existencia? Será la tarea de todos. Se mantendrá esta enclenque asignatura durante algún tiempo si los profesores afectados la acogen con voluntarismo y convicción. Se salvará a largo plazo, si a la mínima posibilidad en el futuro se arregla este desafuero de la cantidad horaria. Acabará siendo un «quiero sin querer en mí», un canto al aire, una intención para el escaparate si no se consigue reforzarla.

                                                       SSC
                                                       Gijón, 2 de abril de 2007



«Educación para la Ciudadanía: ¿cuál es el problema?», La Nueva España, Tribuna, Pág. 44, Oviedo, viernes, 27 de abril de 2007. Versión desarrollada publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía». También  aparece en Prímula.

Escritos literarios 3 Sobre igualdad y libertad

Sobre igualdad y libertad.

La penúltima clase de Historia de la Filosofía (1)

                                                          
                                                                        
            Un curso más que se estaba yendo. Otra generación de estudiantes que se verían libres de aquellas paredes carcelarias y cálidas, de aquellos exámenes densos y atropellados, de aquellos apremios entre el mimo paternal y las exigencias de la cruda realidad. Griterío de voces de impúberes de la ESO que debía atravesar encapsulado en el hieratismo hasta llegar indemne a mi clase. Llevaba en mente dar la última puntilla de recomendaciones de cómo debían abordar la PAU. Era la penúltima clase de este curso.

            Hablaban amigablemente y todos hicieron como si todavía no hubiera entrado; en medio de la indiferencia un «¡hola profe!» daba la voz de alerta sobre mi presencia o era quizás expresión sincera del afecto que dan noventa horas vividas juntos, ¿por qué no iba a ser posible eso? El rostro encendido de muchos, ese que tienen justo después de un examen. Pensé que tenía suerte, estaban agotados; también sobreexcitados.

            Empecé entre el borbotón final de murmullos que pugnaban por no extinguirse  en ese pulso tan característico del comienzo de las clases. ¡Ay del profesor que no lleve aliento o fuerza, o, cuando menos, alguna careta! -«Sacad la última actividad modelo PAU que os entregué el día anterior. Ya os dije que…». -«Profe, es que no me aclaro con lo que dijiste de Marx en la última clase, sobre lo de la libertad y la igualdad. Quería  que lo comentaras algo más, porque me quedó confuso y al final no me aclaro si sí o si no…»

            -«La libertad y la igualdad en Marx. Bien», entoné en alto. Pensé que tenía suerte con la pregunta, eso me permitiría profundizar mucho más de lo que había previsto y me daba la excusa para hacer una última galopada que dotara de sentido al conjunto del curso. Algunos creerán que las clases dependen sólo de los profesores, pero eso es verdad sólo en parte cuando se trata de impartir contenidos seriados, organizados y con mordaza (o simplemente en medio del caos). Si lo que se espera es que las clases tengan interés y algo de garra, entonces son tan importantes los alumnos como el profesor; basta con que la mayoría no moleste y con que haya una minoría interesada, al menos uno, al menos medio, como esta vez que alguien preguntaba algo inteligente y con trasfondo.

            Les previne: -«Tengo una respuesta corta y otra larga; ya sé que os gustan las directas que van al grano, pero esta vez os aseguro que sin el rodeo no se entendería en su justa medida. Sería muy interesante como visión global de lo recorrido en el curso. Ya sabéis que más que las recetas puntuales lo más interesante es aprender a establecer conexiones de recorrido histórico y a elaborar interpretaciones aplicables a nuestros problemas de ahora». No protestaron, enmudecieron, me miraron entre escépticos y narcotizados, eso era suficiente. En pocos segundos tenía un esquema en la pizarra que organizaba el problema. Perezosamente lo copiaron, aunque no todos. Empecé a hablar moviéndome entre ellos.

            -«Lo que sucede en la Antigüedad, en la Edad Media, en la modernidad y en el mundo contemporáneo tiene un hilo de continuidad pero se va reconfigurando en función de las circunstancias de cada momento histórico. Pasa con todas las ideas y también con las de libertad e igualdad.»

            -«Profe, pero de qué vas a hablar ahora, ¿no te vas un poco lejos?»

            -«Qué va, está ahí al lado.» (Miradas…) «En la Antigüedad de Platón y de Aristóteles las libertades funcionaban establemente distribuidas. Había varones con todos sus derechos ciudadanos, libres, y frente a ellos el resto que no lo era (en el sentido de disfrutar de libertades ciudadanas): extranjeros –metecos-, menores de edad, mujeres y esclavos.» Una alumna hizo un gesto de protesta al verse citada, no sé si junto a los esclavos o a los menores de edad. Pero sobre eso de la desigualdad varón/mujer ya habíamos hablado en otros momentos. Después de un gesto de connivencia con ella, proseguí. -«Podía darse un trasvase reglado dentro de estos grupos y, por ejemplo, dejar de ser esclavo y pasar alguien a ser liberto, pero fuera de esos leves márgenes, la libertad en sentido ético-político tenía una estructura muy estable. El problema era, entonces, la justicia. De ahí que Platón hubiera diseñado aquel modelo que pedía que cada parte dentro del Estado (productores, soldados y gobernantes) cumpliera con su obligación correspondiente, contribuyendo los primeros con la riqueza y la templanza, los segundos con la valentía y la defensa del Estado, y los últimos con la prudencia y el buen orden general». Alguien reflexionó en alto: -«las tres clases sociales y los tres tipos de almas». Así era como funcionaba la cosa mnemotécnica. -«Eso es, pero prosigamos el hilo histórico», dije. -«Se trataba de un modelo teórico, poco practicable como se demostró, pero lo importante era la tesis que se basaba en la “armonía” del conjunto, en la que quedaba claro qué era lo que corrompía a un Estado: que gobernaran no los sabios y prudentes, sino los ricos, la milicia o el populacho desordenado por el hecho de tener la fuerza».

            Me moví hacia la pizarra y subrayé ahora el nombre de Aristóteles. -«Ahora viene el peripatético», dijo una, -«No, viene el pelirrojo que apunta hacia abajo con el dedo, replicó una voz vecina». Consentí con una sonrisa y sabiendo que el curso tocaba a su fin no quise permitirme uno de esos incisos que acaban en un timbrazo sin piedad; además, eran cosas ya repetidas.

            -«Aristóteles sigue las grandes líneas trazadas por Platón pero distanciándose de él, a la vez, al subrayar la vuelta al empirismo de las constituciones realmente existentes, la de Atenas, Corinto, Esparta, &c. No hay gobierno ideal sino gobiernos buenos (monarquía, aristocracia y politeia -o democracia recta-) y malos (tiranía, oligarquía y demagogia -o democracia corrupta-) según que se dirijan al bien común o no, fórmula en la que quedaba traducida aquella armonía social buscada por Platón».
           
            Algunos empezaban ya a dar muestras de cansancio mental, dos habían empezado a hablar por su cuenta, una dibujaba, otro enredaba con su móvil, otros tenían la mirada perdida y del resto no podría asegurar, salvo de tres o tres y medio. -«A ver, ¡flojos¡, que ya nos queda poco, un último esfuerzo», sentencié. Volvieron a resituarse dóciles, estaba de suerte.

            -«Toda la Antigüedad, la Edad Media y todo el tiempo hasta la caída del Antiguo Régimen a finales del siglo XVIII, no es sino una fórmula que parte de la intersección de estos dos modelos clásicos: los gobiernos tienen la obligación de gobernar justamente, o sea, conforme al bien común y esto implica que se persiga la armonía social. Durante la Edad Media se añadirá a este esquema la tensión entre el poder temporal del Estado y el poder espiritual de la Iglesia: las grandes tesis de San Agustín y Santo Tomás defendieron la supremacía del poder de la Iglesia, aunque los hechos no siempre se ajustaron a este desideratum».
           
            Alguien -una costumbre para mí- a quien le gusta puntualizar –hace bien- interrumpe la monotonía: -«Profe, por qué no dices “deseo” en lugar de “desideratum”» -«Porque no se trataba de un simple deseo subjetivo; ya hemos visto más veces la distancia que hay entre lo subjetivo y los procesos objetivos». Proseguí, en mi fiebre de profesor que supone que alguno de los pupilos pudiera estar interesado.

            -«Después del derrumbamiento de la polis, a consecuencia de la nueva configuración de los imperios a que dará lugar Alejandro Magno y Roma, hay que contar con el periodo helenístico-romano, que supone una recesión en las exigencias  planteadas por la teoría política clásica. Los estoicos y los neoplatónicos (ya conocemos la retirada de la política de los epicúreos y de los cínicos) entienden el orden social supra-personal como una realidad superior, cerrada, determinada, de modo que ahora la tarea humana ha de aplicarse a la perfección de la propia alma, como medio para ser feliz y como modo de insertarse bien en un orden general, el de la República o el del Imperio Romano. Esta vía de perfeccionamiento interior ético-moral va a constituir un esquema idóneo al que va a acogerse la cristiandad que se desplegará por Europa. Un análisis paralelo cabría aplicar al Islam, durante el medievo. El énfasis se pondrá en la salvación de las almas y en una vida ultramundana»

             ¿Qué pasa después con Maquiavelo, Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, Jovellanos, Kant, Hegel y Marx? Lo que pasa es que el mundo ya no está organizado en polis, ni articulado por un gran imperio, ni organizado feudalmente sino que los estados modernos –fuertes y expansivos- (como España y Portugal, primero, y después Inglaterra, Holanda o Francia) comienzan a tomar posiciones unos frente a otros en el nuevo imperialismo moderno.

            -«Profe, hablas como si el imperialismo fuese bueno», inquirió la delegada de la clase. -«Y tú preguntas como si fuese malo», respondí. -«No se trata, ahora, de bueno y malo, sino de las condiciones de existencia reales –como diría Marx-, de las que, sin duda, podremos después analizar qué tuvieron de bueno y qué de malo». Comprobé que quedaban tres minutos y el timbre avanzaba con las zancadas del tiempo. Embutido en mi seriedad envié a un alumno para que detuviera el timbre unos dos minutos; rieron. El enviado no fue, claro.

            -«El próximo día acabaremos, ya hemos dispuesto las premisas, nos queda sacar la conclusión. Únicamente, recordad que aunque durante todos los siglos anteriores al descubrimiento de América los gobiernos poco tuvieron que ver de hecho con la armonía y el bien común -esto es, con la justicia según el discurso de la Antigüedad-, los modelos teóricos que sirvieron de referencia una y otra vez fueron los de Platón y Aristóteles a los que ha venido a unirse el “reino de Dios” que cabe esperar, que es el bueno y definitivo. No hay tanto problema si el de aquí sale defectuoso; está asegurado un final feliz para los “justos”, es decir, los que aman a Dios y al prójimo. La vía del amor había venido a trascender la del conocimiento. Además de la ciudad de Roma tenemos la ciudad celeste».

            El timbre sonó justo en su segundo de siempre y como en un milagro de velocidad algunos ya estaban saliendo por la puerta, aprovechando que me había pillado con una frase acabada. En otro caso saben que tienen que aguantarse.



Sobre igualdad y libertad (2)

La última clase de Historia de la Filosofía

                                                
            Esta vez los pasillos estaban en silencio. Las gargantas atipladas de 1º de la ESO se habían ido de actividad extraescolar. No podía tener mejor contexto ambiental para rematar mi tarea del curso que ese. Iba a ser la última clase pero había dejado sin cerrar la repuesta a una pregunta, todavía la recuerdo bien:   -«Profe, quedó algo brumoso lo que dijiste de Marx, sobre lo de la libertad y la igualdad; resulta confuso y al final no me aclaro si sí o si no…»

            Entré en el aula, no había ni uno sentado, todos agitados, acababan de conocer las notas de alguna asignatura. De nuevo tenía buenos presagios, la mayoría resplandecían de contentos. Sólo algunos, que ya tenían la suerte echada tiempo ha, no se alborozaban. Pero esos, gracias a mí, sabían lo que era el estoicismo; eso creo.

            -«Bien, si queréis cogemos las castañuelas y empezamos a celebrarlo.». Entendieron la ironía. Comenzaron a sentarse y a callarse. No se dieron excesiva prisa.

            -«Recordáis que os prometí una respuesta larga que nos permitiera entender en qué lugar situaba Marx a la libertad y a la igualdad. Habíamos repasado las grandes líneas que se desarrollaron en la Antigüedad y en la Edad Media sobre la justicia. Tenemos que seguir a partir de ahí.» Completé el esquema de la clase anterior con otro que nos llevaba ahora desde Maquiavelo hasta nuestra misma piel. Lo copiaron todos los que tienen este hábito, el resto, como no hubo amenazas, seguramente lo fiaron a su memoria (¡cómo les envidio, la memoria!).

            -«A partir de Maquiavelo, esto es, de los estados modernos, se vuelve insostenible la presunta armonía entre el fin moral (la justicia como bien común) y el fin político (el buen orden social obtenido mediante el ejercicio del poder). Maquiavelo defenderá que un bien político puede ser cacoético e inmoral siempre que el buen fin general y superior de la política lo exija» -«El fin justifica los medios», dijo en alto alguien de quien dudaba si ponerle un 8 o un 9. Quizás supiera de mis dudas, pero me inclinaba a pensar más bien que había sido un mecanismo de estímulo-respuesta.

            -«El florentino, que envidia estar en un Estado fuerte como el de Fernando el Católico, no hace más que dar estatuto teórico a lo que siempre fue una práctica política. Ahora se ha vuelto urgente la importancia del fortalecimiento de los estados. Puesto este objetivo, pasa a primer plano el bien del orden político y se relega el buen orden moral o, más exactamente, las almas que se cuiden de la moralidad para su salvación que los príncipes han de cuidarse de un asunto superior: la salvación del Estado; el príncipe no hará otra cosa que cumplir con su obligación, de este modo su alma tampoco corre peligro. Para Platón y Aristóteles el orden político y el moral estaban llamados a integrarse, pero después ambas categorías fueron distanciándose descoyuntadas por una realidad excesivamente compleja para aquellas teorías originales –la polis dejada atrás ya-. Maquiavelo se limitará a poner nombre al estado de cosas imperantes desde la decadencia de la polis y en el comienzo de los estados modernos europeos»

            -«Pero, profe, Maquiavelo debía ser, entonces, muy maquiavélico, ¿no?». Sonreí y seguí; no podía permitirme estropear aquella ocurrencia.

            -«En este estado de cosas, Hobbes procede a fijar las ideas que contribuyen a fortalecer el gobierno. Sobreentendido que se debe gobernar para el bien común, el gobernante ha de tener todo el poder y la fuerza, sin limitación. Es el Leviathán. Locke insistirá, por su parte, contra este Estado absoluto, en la función protectora, paternalista del Estado respecto del ciudadano; es preciso que éste, “súbdito libre”, tenga asegurado sus bienes y su existencia; había de contenerse la corrupción más fácil en la que solían venir a parar los gobiernos: el poder arbitrario. Así, era importante que junto al Derecho por antonomasia de la razón de Estado se defendieran los derechos de los ciudadanos. Spinoza analiza este mismo problema en su Tratado Teológico-político y en el Tratado político, pero su respuesta es tan fina y elaborada que se necesita mucho más tiempo para exponerlo.» Noté un gesto de alivio en algunos.

            -«Montesquieu viene, en medio de todo esto, a proponer como remedio de la distaxia en la que podían caer los estados, la llamada separación de poderes» -«Entre el ejecutivo, legislativo y judicial», coreó el que estaba entre el 8 y el 9; y una segunda voz se hizo oír: -«¿Qué era lo de distaxia?». «Lo contrario de eutaxia o buen orden político: degeneración política», respondí.

            -«Rousseau, tratando de encontrar una fórmula que uniera de nuevo la política y la moralidad, propone la “voluntad general”, concepto que pasa a convertirse con la caída del Antiguo Régimen en un principio marco, si bien con la carga mitificadora y confusionaria correspondiente. Kant sigue estos pasos y los delimita con la precisión del taller de los filósofos. Otros, menos conocidos en las historias convencionales, como Jovellanos, comprenden que han de articularse principios heterogéneos: el ejecutivo fuerte y soberano, el legislativo siguiendo el curso de las reformas necesarias y, finalmente, la Constitución, en su sentido no sólo positivo sino además histórico y moral, por encima de los que tienen la fuerza política y los que legislan; por otra parte, en caso de que la soberanía del poder político fallara, siempre estaba la supremacía de la nación para volver a poner las cosas en su lugar.» -«Profe, ¿esto último entra en la PAU?» -«La PAU soy yo», dije remedando al Luis XIV del que ya tenían noticias» y a continuación otra voz: «Sí, el Estado soy yo». Y yo para acabar: «alea jacta est; además, recordad que el cerebro gasta al menos el 20% de nuestra energía, ¿en todos los casos?» Como vieron que iba a liarles optaron por callarse.

            «Con Hegel todo pasa a interpretarse en perspectiva histórica. La humanidad atraviesa un proceso de maduración a través de instituciones sociales (morales y políticas) que apuntan hacia la generalización de la libertad de todos. Sólo un hombre era libre (el déspota, el monarca), sólo algunos hombres son libres después (en los regímenes aristocráticos u oligárquicos) y finalmente todos los hombres serán libres, según Hegel» -«Profe, nosotros queremos ser libres también, cuándo va a poder ser». «Probablemente nunca, porque estando condenados a ser libres –recordad a Sartre-, lo más fácil es que no lleguéis a trazar una línea que podáis decir que es vuestra. Estamos lanzados a ser “massa damnata” –condenados-, como diría San Agustín. ¡Eso por preguntar algo tan delicado!».

            -«Y llegamos, por fin, al encuadre final que nos permite ver en qué esquema de ideas se sitúa Marx. Toma de Hegel la idea del proceso dialéctico evolutivo histórico y tanto el idealista como el materialista establecen la consecuencia de que habrá un final feliz, un estado de estabilidad o consumación superior, en el caso del marxismo como sociedad sin clases y sin explotación del hombre por el hombre… llegando a desaparecer el Estado, verdadera superestructura de la injusticia». -«Profe, qué hay que hacer para hablar como habláis los filósofos; sólo prestando mucha atención se os entiende, ¿no estáis un poco locos?» -«No, es al revés. Algunos “locos” se meten a filósofos para disimular sus rarezas consiguiendo un verdadero camuflaje. Además de los locos y raros están los insulsos, los indolentes, los simplistas y hasta los ingenuos; eso requiere abrir otro capítulo. Algo cambiaría si en lugar de tener dos horas en 4º, tres en 1º y tres en 2º, dispusiera de cuatro en los tres cursos» -«Vale, profe, ya lo cogí».

            -«Así que en Marx la libertad se interpreta siempre en función de la igualdad y dentro de esa jerarquía y antelación estaremos en el camino de la justicia: los hombres no podrán ser realmente libres (desalienados) hasta que se liberen de las desigualdades que las relaciones de producción precedentes han ido generando. La defensa de la libertad del marxismo no podía ser la misma que la que defendía el liberalismo moral de un Stuart Mill, que estaba concentrado en defender algunas libertades que se habían empezado a generalizar recientemente: la libertad de sentir individual, de pensar, de decir y de reunirse, todo sin límite alguno aunque bajo la condición de no hacer daño a otros. No es que Marx no reconociera estas libertades del liberalismo filosófico del XIX, que se delineaban frente al control de las conciencias ejercido por la religión (el “opio del pueblo”), sino que le parecían insuficientes, burguesas, para unos pocos, cuando no autoengaños» -«Tú a quién prefieres a Marx o a Stuart Mill», preguntó alguien que tenía pinta de haber elegido ya. -«A Jovellanos», bromeó otro. -«Al final os diré lo que yo pienso, me gusta aprender de todos.»

            -«Y ahora estamos de nuevo en una encrucijada en la que hay que volver a pensar qué significan esos dos conceptos: libertad e igualdad, y en definitiva: ¿qué es la justicia?». Marx creyó en una sociedad ideal en el futuro (como Platón y toda su estela posterior) aunque no sólo propuso la fórmula ideal sino una teoría de la revolución que debía insertarse en las mismas contradicciones que la historia nos había deparado (después de Hegel es difícil no pensarlo todo en perspectiva histórica). Seríamos libres cuando consiguiéramos romper las desigualdades estructurales de la sociedad.» Alguien dijo: -«Eso suena bien. ¿Ese Marx es el mismo que el que tiene aquí al lado una calle?». Asentí y dije socarronamente: -«Veis como sí sabéis de filosofía».

            -«Cuando decimos libertad, igualdad y justicia tenemos la impresión de referirnos a conceptos claros, pero en realidad significan cosas muy distintas en función del marco de ideas en el que se utilizan». -«Profe, va a tocar y pierdo el autobús». Comprendí, debía abreviar.

            -«Tenemos datos suficientes para pensar que no habrá un final feliz, una liberación ni un estado de justicia finalmente consagrado, como ya los griegos sabían. Todos los autores mencionados apuntaron ideas interesantes que ponían de relieve una parte de la realidad ética, política o moral. Ahora se debate si la idea eje o preponderante ha de ser la libertad o la igualdad. Yo defiendo que sin la libertad nada bueno es posible, pero que la idea de libertad no tiene la capacidad de generar la igualdad necesaria. La idea de igualdad, al contrario, es integradora y globalizadora del resto de valores sociales y es tan indispensable como la libertad. La verdadera igualdad contiene a la libertad bien entendida. Del mismo modo que la libertad no significa sólo hacer lo que nos venga en gana, tampoco puede creerse que hemos de ser iguales en todo, ni mucho menos, sólo en una serie de condiciones de existencia como puerta para todo lo que hay que arrancar con el esfuerzo. De todas maneras ni la libertad ni la igualdad se han regalado nunca, siempre se han conquistado. O quizás a vosotros se os ha regalado. ¿Por eso se dice que sois la juventud más mimada y peor educada? ¿Quién quiere responder?» El timbre sentenció el asunto.

SSC
8 y 15 de febrero de 2007


Publicado en: «Sobre igualdad y libertad. 1. La penúltima clase de Historia de la Filosofía», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 753, pág. VIII,  Oviedo, jueves, 8 de febrero de 2007. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía».

Publicado en: «Sobre igualdad y libertad. 2. La última clase de Historia de la Filosofía», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 754, pág. VIII,  Oviedo, jueves, 15 de febrero de 2007. Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía».