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30 jun 2013

Escritos literarios 15 Jovellanos fantaseado


Jovellanos fantaseado



Cualquier figura histórica ha de ser representada, y este año le ha tocado a Jovellanos. Son los caminos de la veracidad, la descripción acertada y la correcta recreación. Aunque sabemos que este Jovellanos representado ha sufrido las asechanzas del desembarco progresivo de muchas de las ideologías de nuestros dos últimos siglos y nos hallamos en la tarea de limpiar su imagen de ese lastre. Difícil tarea, pues no es posible pensar sin nuestras emociones ideológicas. Será, entonces, cuestión de tratar siempre el concepto con el arte requerido, será por tanto, también, una cuestión de buena estética.

Y del mismo modo que puede existir belleza en el concepto, sobre todo en las arquitecturas poderosas que ensamblan sutiles y escurridizos datos en una potente idea, capaz de ser vista y recorrida en sus contornos, de la misma manera que el concepto tiene su estética, también la «phantasía» puede tejer en sus redes un producto verdadero, dotado de rasgos claros y distintos.
El atractivo de este nuestro ilustrado, al que no le faltan ahora las diplomáticas cortesías debidas pero que, a pesar de lo aparente, sufre todavía desajustes visibles, sin duda por la dificultad que encierra encajar la múltiple diversidad de sus caras, este Jovino tan renombrado pero en la misma medida bastante mal difundido, ha sido objeto también de múltiples miradas fantaseadas, de las cuales vamos a recordar algunas, porque es posible también un Jovellanos fantaseado mucho más desobediente a los datos reales, históricos y verídicos, pero que siguiendo otros impulsos estéticos puede aspirar también a mostrarnos algún contorno verdadero.
Porque, contra lo que cabría esperar, no es necesariamente el Jovellanos representado siempre el más fiel y el fantaseado el más equívoco. Del artista sabemos que va e embaucarnos en mil detalles del escenario aunque le pediremos que no nos engañe en lo esencial. Del investigador científico no le vamos a perdonar que se equivoque en una minucia, como no toleramos una pequeña mancha en la sedosa blusa que puede dar al traste nuestra pulcritud.

Seguramente Goya acertó bastante bien con la vera efigie del Jovino de cincuenta y cuatro años, aunque lo importante de la «phantasia» goyesca es que nos permite acceder al alma de Jovellanos, en el momento en que saca a la luz la impotencia y la perseverancia ensimismadas, las de un paradójico reformador en una corte en la que el ajuste de las lindas pelucas podía ser, quizá, cuestión de Estado. Otra actitud había tenido la «phantasía» de Goya en el primer retrato de Jovino, el de la pierna cruzada, pues allí se trató de captar el éxito profesional de quien ascendía a consejero de Órdenes.

En la exposición «La luz de Jovellanos», del Revillagigedo y Casa Natal, pueden contemplarse esas dos phantasías de Goya, y podrá el esteta visitante reconocer si le transmiten algo o no. En un lugar próximo, en la misma exposición, se nos proyecta el vídeo «Jovellanos o el equilibrio», con guión de Jesús Evaristo Díaz Casariego, cuya «phantasía» (quizás, simplemente fantasía) ha querido asimilar a Jovino al credo tradicionalista de los años cuarenta del franquismo. El nombre de Jovellanos fue repudiado por algunos durante más de un siglo por haber alentado aquellos desbarajustes agraristas que se hubieran seguido en el tradicional orden de la propiedad de las tierras, pero remansado ya el asunto por tantos años pasados y también, ahora, por la victoria de quienes ganaron la guerra civil española, entonces, ¿no era juicioso que aquel falangismo se centrara ahora en la solemne defensa nacional de uno de los más grandes patriotas que España tuvo? 

Carmen Gómez Ojea, en las antípodas del firme ademán casarieguista, publicó en 1989 «Pentecostés» (también esta obra figura en la misma exposición), una iconoclasta novela que pone a prueba la vera efigie del recto magistrado, haciéndole prisionero de las fantasías de una alcohólica protagonista que lee el diario de Jovellanos y entre líneas lo fabula borrachín y de ambigua sexualidad; no queda muy claro, creo, si el núcleo tenía que ver con una sugerencia de otras posibles lecturas del diario de Jovellanos o si, sin ir tan lejos, se pretendía mostrar a una protagonista mujer embebida en sus problemas, en el momento en que casualmente lee a Jovellanos.

En esta pesquisa del Jovellanos fabulado, nos encontramos también con «Carlos IV» de Pérez Galdós, donde se hace un breve y simpático guiño a la figura del ilustre ministro asturiano. Algo parecido hace Fernando Savater en su «Jardín de las delicias», pero sacándole algunas pecas.

Dos cómic sobre Jovellanos, el de Paco Abril y el de Juan José Plans, ambos dibujados por Isaac del Rivero senior, nos asoman a ventanas en el tiempo desde donde caemos ensimismados en los trasiegos de una heroica biografía. Otro cómic de reciente aparición, el de Jaime Herrero, con dibujos estupendos y simpáticos, tiene gran interés como introducción abreviada. Finalmente, en otro, «Jovellanos y Felinus», con dibujos de Mila García y con textos míos, podrán seguirse los curiosos pasos de un sabio gato y de su tropel acompañante inquiriendo en las escenas más representativas del filósofo gijonés, para destacar sobre todo sus ideas y contribuciones.

Un vídeo de veinticinco minutos de la Sociedad Asturiana de Filosofía, «Jovellanos, Ilustración y Poder», de cuyo guión soy responsable, se ha propuesto acercarnos didácticamente al ilustrado y unir las dos épocas, la nuestra y la suya, a través de la idea de poder. En la misma línea biográfica pero pasando a palabras mayores, pues ahora Jovellanos será encarnado como personaje en una serie televisiva, con guión de Juan Luis Cebrián, tendremos ocasión de comprobar muy pronto  si ese Jovellanos encaja bien o mal en nuestro imaginario del siglo de las luces, o, incluso, tal vez, si puede llegar a tener la fuerza de mejorar aquel imaginario. Si tuviera algún éxito esta serie, vendría a llenar ese hueco de la difusión de masas aún no conseguido, pues el drama de Joaquín Alonso Bonet alguna vez representado es para minorías y seguramente necesitado de un guión remozado. Quizá llegue a ser Juan Carlos Gea, espero mucho de él, pues reúne el ingenio intelectual y la sensibilidad artística, quien consiga modernizar a Jovellanos en la biografía que está escribiendo.


Reposa desde enero de 2011 en los estantes de las librerías una nueva novela titulada «El alcalde del crimen», de Francisco Balbuena. Jovellanos es el protagonista, al lado del intrépido viajero inglés Richard Twis. Nos lleva a un solo año de la vida de Jovellanos, cuando tiene treinta y dos años y es juez. Quienes lean esta novela se encariñarán de sus dos personajes protagonistas. La construcción contiene algunos elementos históricos de un Jovellanos representado, del que se han extraído bastantes buenas cualidades acertadamente, pero sobre todo vemos a un Jovellanos fabulado, en una Sevilla dominada por un clero retrógrado y fanatizado, y en medio de las pesquisas de la Inquisición aferrada a sus esquivos métodos y en pugna con las nuevas luces encarnadas en Olavide, Jovellanos y Twis. Una cadena de crímenes marca el ritmo de los acontecimientos, pero lo que realmente llega a interesarnos son las dotes de esos dos protagonistas tan complementarios y tan diferentes, sólo en teoría, porque en realidad configuran juntos un mismo y único sentido en la interpretación de la verdad de los hechos. Eso sí, se enamoran ambos de mujeres muy distintas, quizá esté ahí su diferencia. En todo caso, ambas amantes no son ahora lindas féminas sino mujeres de carácter propio, estilo nuevo y poderosa autonomía. Esa es la estética que enamora aquí a Jovellanos.

                                                                                               SSC
                                                                                               12 de mayo de 2011



Publicado en: «Jovellanos fantaseado». La Nueva España, Suplemento Cultura nº 922, pág. 3,  Oviedo, jueves,  12 de mayo de 2011.

Escritos literarios 9 La sombra de Hegel


LA SOMBRA DE HEGEL


                                                          
Hay autores que marcan una impronta, una inflexión a partir de la cual estamos obligados a mantener otra mirada, porque introducen algún elemento del que ya no podemos prescindir. Una de las radiaciones que llega hasta nosotros viene de la sombra de Hegel. Pero mentar al autor del idealismo absoluto significa introducir el problema de la farragosidad de la filosofía.

Algunos filósofos han tenido fama de oscuros —recordemos como paradigma a Heráclito y sus enigmáticas sentencias y más recientemente a Heidegger— Éstos pretenden posiblemente provocar una reflexión que contenga a la vez el lado de la evidencia más elemental junto con el hueco profundo de lo que de ello desconocemos.

Otros se han esforzado en señalar que «la claridad es la cortesía del filósofo» —como se empeñaba en proclamar Ortega— Quizás por ello Bergson decía de nuestro don José que como periodista era genial pero como filósofo mediocre.

Autores hay que han preferido el aforismo, el apotegma certero y breve, como Marco Aurelio, Pascal o Nietzsche. Se trata, entonces, de ir moldeando idea a idea, para disponerlas en un muestrario, listas para usar.

Unos terceros eligen el pequeño ensayo o las reflexiones hechas para leer de un leve tirón, sin cansar, como se lee una carta. Así Montaigne, Feijoo o Russell. Pretenden sobre todo ser convincentes en temas que están en la calle.

Hay quienes eligen el diálogo —el divino Platón, Berkeley, Galileo son ejemplos— o quienes se inclinan por un estilo coloquial tomando al lector como interlocutor —Epicuro, Agustín de Hipona, Maquiavelo, Kierkegaard o Savater—

Pero hay filósofos que son muy pesados, ilegibles, casi incomprensibles. La cosa debió empezar seriamente con el modo peripatético de dar sus clases el del Liceo, con aquellos apuntes que eran esquemas para lecciones a desarrollar, de los que sin duda sí debía estar claro lo analizado en vivo pero ya no tanto lo que quedaba escrito. Quizás Alejandro concibió nítidamente su magna conquista gracias a las potentes conexiones de ideas que le mostró su admirado Aristóteles.

La dificultad para comprender se acrecienta, normalmente, cuando esas mentes atípicas se esfuerzan por construir eso que se llama un sistema, es decir, un ensamblaje coherente del conjunto de las ideas que de otro modo quedarían dispersas: unas vertiendo sobre la estética, otras sobre la ética, sobre la política, sobre la ontología, la teodicea o la teoría del conocimiento… Los filósofos sistemáticos pretenden mostrar que todos estos campos pueden concebirse engranados. Así Platón y Aristóteles y luego Tomás de Aquino, Spinoza, Leibniz, Hume, Kant, un cierto Wittgenstein y en nuestros días Gustavo Bueno.

Pero si ha habido un filósofo que ha extremado como ninguno ciertos rasgos, ése ha sido Hegel. Todos los elementos de su filosofía están llamados a integrarse en un sistema y si para ello es preciso crear un lenguaje nuevo, unas significaciones hechas a escala propia, ¡sea, pues, de ese modo! Si todo lo real es racional, entonces ha de hacerse para que la razón exprese sin limitaciones qué es lo real. Si no se entiende con facilidad, estúdiese su significado más que pretender comprenderlo con una simple lectura. Los que intentan de veras estudiar a Hegel se ven regalados con un cúmulo de ejemplos, ellos, sí, más claros, sacados fundamentalmente de la historia. Quien tiene un ejemplo que poner da a entender que las ideas significan también algo concreto. Al lado de las ideas abstractas no podemos negar que en Hegel abundan los ejemplos.

Schopenhauer, cuya filosofía quedó arrumbada a la sombra de la de Hegel, no podía soportarle ni como persona ni como filósofo. Don Arturo sostenía que quien se había elevado a la categoría de Filósofo oficial, «era un charlatán de estrechas miras, insípido, nauseabundo e ignorante». Popper, subido a la misma opinión, lo tacha de intelectual irresponsable, que da comienzo a la magia de las palabras altisonantes y a la jerigonza.  Pero, si detrás de todo el sistema de ideas hegeliano no hubiera más que un lenguaraz altisonante ¿estaríamos ahora utilizando los conceptos, por ejemplo, de dialéctica, de Espíritu objetivo o de Estado desde la perspectiva en que él los situó? Foucault ya advirtió que siempre estamos consiguiendo desembarazarnos de Hegel —de su idealismo, he creído entender yo— pero de nuevo volvemos a caer en la red de sus ideas, que contienen un largo poder, una profunda inercia.

Estos días y en este año 2007 –coincidiendo con el bicentenario de la publicación de la Fenomenología del Espíritu— algunos especialistas y estudiosos están intentando esclarecer esa difícil y contemporánea filosofía, desde Alemania, Argentina, Chile, Madrid y Oviedo —entre otros lugares— Los días 7, 28, 29 y 30 de mayo, en el Aula Magna de la Universidad y en el Auditorio Príncipe Felipe de la capital asturiana, hemos tenido la ocasión de desvelar algún enigma escondido tras la oscura y potente semántica hegeliana, de la mano de Duque, Hidalgo, Herranz, Urbina, Escudero y Álvarez González.

Félix Duque, venido de Madrid, nos introdujo, el pasado 7 de mayo, en la relativización extrema que sufre el sujeto individual al ser engullido por el Espíritu absoluto. La subjetividad individual humana queda tan triturada que ha de cambiarse la concepción que de ella teníamos si hemos de querer recuperarla.

Alberto Hidalgo nos mostró una de las líneas más potentes de recuperación del Hegel fenomenológico, en cuanto un verdadero iniciador de la Sociología del conocimiento, en la forma de una sociología de la cultura, y en la medida en que habría sido el primero que de modo claro trató de explicar los procesos culturales desde sus contextos determinantes.

Fernando Pérez Herranz, de la Universidad de Alicante, nos llevó al terreno donde la filosofía y la ciencia comparten una estrecha frontera, justo el lugar donde pretendió moverse Hegel y justo la frontera que Hegel quiso superar. Con Herranz aprendimos que el Espíritu es un hueso (el cráneo), pero un hueso que habla, y que su semántica no se extrae únicamente de la sintaxis, como en la máquina de Turing, sino de su conexión con el mundo, trabados como están ambos en el concepto, porque en definitiva el cerebro y el mundo material son Espíritu.

Después vino Ricardo Sánchez Ortiz de Urbina, catedrático emérito, a llenar de ricas lecturas y matices finos la complejidad hegeliana y a iluminarnos con  unos claros trazos sobre el modo de desenredar toda la madeja fenomenológica hegeliana desde una inversión entre el lugar que habrían de ocupar la conciencia y la autoconciencia. Al permutar los lugares respectivos de la conciencia y la autoconciencia, desde una fenomenología actualizada, estima Urbina que se aclara cierta confusión que encontramos en el teutón.  La herencia hegeliana se transforma en la ideología del humanismo, pero sin olvidar que Hegel es un habilísimo desenmascarador de tipos humanos (el intelectual, el alma bella, etc.), senda que recorrerán a su manera después Marx, Nietzsche y Freud.

Santiago González Escudero nos mostró la incidencia que el espíritu de la tragedia griega habría arrojado sobre la dialéctica fenomenológica hegeliana. Hegel no estaba improvisando cuando hablaba del movimiento histórico del Espíritu, porque lo había aprendido en Homero, en Platón y en Aristóteles y de manera muy singular en todo lo que representaba la tragedia griega como expresión real de un espíritu encarnado, el espíritu del pueblo griego.

Finalmente Álvarez González, venido de la Autónoma madrileña, desentrañó con precisión de cirujano el concepto de subjetividad hegeliana. Ésta no es ya la del sujeto trascendental kantiano ni la del mero sujeto empírico: la autoconciencia del hombre no se construye mirando hacia un adentro sino siempre en otra autoconciencia y a través del desarrollo ininterrumpido de un concepto que deja ya de tener caracteres subjetivos para contener el impulso universal del despliegue de la vida, que es la del Espíritu. El Espíritu es la única existencia definitiva. Dios convertido en Espíritu en desarrollo.

La dramatización de todo este engranaje de ideas,  una pocas de las cuales he rememorado torpemente, hay que agradecerlo al Espíritu objetivo de la Sociedad Asturiana de Filosofía y a los participantes que allí concurrieron, que como espíritus libres y elegidos de los dioses disfrutaron de aquellas sinuosidades dialécticas y fueron descubriendo el sentido vivo que las atravesaba.


                                                                                                          SSC
                                                                                                          7 de junio de 2007


Publicado en: «La sombra de Hegel)», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 770, pág. VI,  Oviedo, jueves, 7 de junio de 2007.