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30 jun 2013

Escritos literarios 14 Verdad y ciencia


La importancia de la verdad

La ciencia como modelo de conocimiento

y su relevancia social



Ciencia y verdad son inseparables, ¿quién lo duda? Lo que resulta mas complicado es tener claro cuáles son los confines de la verdad: ¿verdadera ciencia, pseudociencia o algún otro tipo de saber?
Menos mal que este escollo nos lo aclara con brillantez la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno. O, de otro modo,  Popper o Hempel y tantos otros filósofos de la ciencia. Según Mario Bunge («Las pseudociencias ¡vaya timo!») hay que contar entre las pseudociencias a la astrología y la alquimia, desde luego, pero también a la parapsicología, la caracterología, la grafología, la homeopatía y a muchas otras.

Pero no nos pongamos extremistas: referente a la verdad, debería tratarse de practicar un sano antidogmatismo, por eso habría que distinguir entre conocimientos científicos, meras técnicas (aproximativas) y franca superchería.

La ciencia es una necesidad en el modo de vida actual, esto tampoco se duda. Por culpa de Tales, Pitágoras, Euclides y otros como ellos. Hoy ya no sería posible subsistir con solo técnicas o con saberes mitopoiéticos; necesitamos la ciencia para vivir, salvo que volviéramos a la edad del hierro.
Tan imprescindible como el pan nos resultan la aritmética, la geometría, la astronomía, la botánica, la química, la bioquímica, la biología, la genética, la paleontología, la mecánica clásica y la mecánica cuántica (si tenemos tv), todas ellas ciencias. La lista podría alargarse con decenas de disciplinas pero llegaría un momento en que habría que ir haciendo matizaciones. Porque ¿hasta dónde es ciencia la psicología o la economía política o la filología o la historia?
¿Quiere esto decir que hay ciencias nobles y ciencias plebeyas? Esta sería una mala metáfora. Se trata, en realidad, de disciplinas que utilizan metodologías científicas pero que obtienen, según el territorio donde trabajan, distintos grados de verdad. Ahora bien, esta aparente manga ancha no implica que valga aducir verdades personales aisladas o sin contexto, porque se exige un control metodológico y de la comunidad científica.

La verdad y la necesidad demuestran, así pues, la importancia social de la ciencia. Por eso es decisivo aclarar si bastará con tener unos pocos científicos especializados o si, además, sería conveniente que todo el mundo, en general, tuviera una cierta cultura científico-filosófica.

Para el común de los ciudadanos, votante y consumidor, ¿qué interés tiene conocer cómo funcionan los genes? Que se aclare un poco, quizá, de los posibles problemas éticos sobre la clonación o de las plantas transgénicas. Aunque no es estrictamente necesario, bastará con que los políticos expliquen por alto lo que han entendido de lo que les hayan dicho los «expertos». Será suficiente después con votar. Además, saldría excesivamente dispendioso; aparte de inútil.

Poder llegar a saber que los virus tienen un genoma relativamente simple y que pueden ser fácilmente sintetizados, le compete a Margarita Salas y a López Otín. ¡Bastante tiene el resto con ocuparse de sus gripes!

Todavía peor sería pretender abarcar someramente los sistemas planetarios, galaxias y años luz, teniendo en cuenta lo vertiginosamente enorme que es todo esto. ¿Es que alguien puede representarse un trillón de estrellas? Además, ¿de qué serviría? ¿Qué me importa saber si el universo tiene 4004 años antes de Cristo, como quería el obispo Ussher en 1650 según sus cálculos bíblicos, o 74.000 como escribió Buffon en el siglo XVIII, o 13.700 millones de años como han determinado los Hawking actuales. El colmo será si además se pretende romper el bello sentido común en el que el espacio y el tiempo están cada uno en su sitio bien colocaditos cosmológicamente. ¿Qué es eso de que el tiempo y el espacio no tengan consistencia propia?, ¿a quién quieren asustar? ¡A Einstein se le dio excesiva libertad!

Para echarse a reír imaginarse un sistema de enseñanza donde algún profesor (cuidado con los filósofos: la mayoría verdaderos maniáticos divulgadores de las ciencias) intente hacer comprender a los bachilleres que en la mecánica clásica sirve pensar en cuerpos y en relaciones causa-efecto estables y predecibles, pero que si nos situamos a escalas subatómicas, o sea, en la mecánica cuántica, las leyes funcionan de manera distinta. Una partícula no es previsible ni se deja localizar, por culpa de Heisenberg, y si no fuera porque se reúnen en grupos milmillonésimos no podrían aplicárseles los cálculos probabilísticos y continuarían siendo unos perfectos desconocidos, por más que están ahí, en lo mas infinitesimal de todo lo que comemos.

¿A alguien le interesa que un fotón no pueda estarse quieto y que como los demás «cuantos» sufra una incurable esquizofrenia al no decidirse definitivamente si ser onda o partícula? Menos mal que Max Planck nos tranquiliza un poco cuando nos hace saber que, a pesar de todo su «caos», los intercambios de energía se dan respetando una constante universal.


¿Es útil democratizar el conocimiento científico? A la vista está. Además, pienso que a los matemáticos, en concreto, debería vigilárselos un poco más. Un tal Cantor ha pretendido confundirnos con los números transfinitos, como si no tuviéramos suficiente con los irracionales y los imaginarios, ¡que bien que se vivía con los simples números naturales!, y si había algún moroso bastaba con introducir los enteros.

                                                                                                 SSC
                                                                                                 14 de marzo de 2013



Publicado en: «La importancia de la verdad. La ciencia como modelo de conocimiento y su relevancia social». La Nueva España, Suplemento Cultura nº 1000, pág. 13,  Oviedo, jueves,  14 de marzo de 2013.

Escritos literarios 9 La sombra de Hegel


LA SOMBRA DE HEGEL


                                                          
Hay autores que marcan una impronta, una inflexión a partir de la cual estamos obligados a mantener otra mirada, porque introducen algún elemento del que ya no podemos prescindir. Una de las radiaciones que llega hasta nosotros viene de la sombra de Hegel. Pero mentar al autor del idealismo absoluto significa introducir el problema de la farragosidad de la filosofía.

Algunos filósofos han tenido fama de oscuros —recordemos como paradigma a Heráclito y sus enigmáticas sentencias y más recientemente a Heidegger— Éstos pretenden posiblemente provocar una reflexión que contenga a la vez el lado de la evidencia más elemental junto con el hueco profundo de lo que de ello desconocemos.

Otros se han esforzado en señalar que «la claridad es la cortesía del filósofo» —como se empeñaba en proclamar Ortega— Quizás por ello Bergson decía de nuestro don José que como periodista era genial pero como filósofo mediocre.

Autores hay que han preferido el aforismo, el apotegma certero y breve, como Marco Aurelio, Pascal o Nietzsche. Se trata, entonces, de ir moldeando idea a idea, para disponerlas en un muestrario, listas para usar.

Unos terceros eligen el pequeño ensayo o las reflexiones hechas para leer de un leve tirón, sin cansar, como se lee una carta. Así Montaigne, Feijoo o Russell. Pretenden sobre todo ser convincentes en temas que están en la calle.

Hay quienes eligen el diálogo —el divino Platón, Berkeley, Galileo son ejemplos— o quienes se inclinan por un estilo coloquial tomando al lector como interlocutor —Epicuro, Agustín de Hipona, Maquiavelo, Kierkegaard o Savater—

Pero hay filósofos que son muy pesados, ilegibles, casi incomprensibles. La cosa debió empezar seriamente con el modo peripatético de dar sus clases el del Liceo, con aquellos apuntes que eran esquemas para lecciones a desarrollar, de los que sin duda sí debía estar claro lo analizado en vivo pero ya no tanto lo que quedaba escrito. Quizás Alejandro concibió nítidamente su magna conquista gracias a las potentes conexiones de ideas que le mostró su admirado Aristóteles.

La dificultad para comprender se acrecienta, normalmente, cuando esas mentes atípicas se esfuerzan por construir eso que se llama un sistema, es decir, un ensamblaje coherente del conjunto de las ideas que de otro modo quedarían dispersas: unas vertiendo sobre la estética, otras sobre la ética, sobre la política, sobre la ontología, la teodicea o la teoría del conocimiento… Los filósofos sistemáticos pretenden mostrar que todos estos campos pueden concebirse engranados. Así Platón y Aristóteles y luego Tomás de Aquino, Spinoza, Leibniz, Hume, Kant, un cierto Wittgenstein y en nuestros días Gustavo Bueno.

Pero si ha habido un filósofo que ha extremado como ninguno ciertos rasgos, ése ha sido Hegel. Todos los elementos de su filosofía están llamados a integrarse en un sistema y si para ello es preciso crear un lenguaje nuevo, unas significaciones hechas a escala propia, ¡sea, pues, de ese modo! Si todo lo real es racional, entonces ha de hacerse para que la razón exprese sin limitaciones qué es lo real. Si no se entiende con facilidad, estúdiese su significado más que pretender comprenderlo con una simple lectura. Los que intentan de veras estudiar a Hegel se ven regalados con un cúmulo de ejemplos, ellos, sí, más claros, sacados fundamentalmente de la historia. Quien tiene un ejemplo que poner da a entender que las ideas significan también algo concreto. Al lado de las ideas abstractas no podemos negar que en Hegel abundan los ejemplos.

Schopenhauer, cuya filosofía quedó arrumbada a la sombra de la de Hegel, no podía soportarle ni como persona ni como filósofo. Don Arturo sostenía que quien se había elevado a la categoría de Filósofo oficial, «era un charlatán de estrechas miras, insípido, nauseabundo e ignorante». Popper, subido a la misma opinión, lo tacha de intelectual irresponsable, que da comienzo a la magia de las palabras altisonantes y a la jerigonza.  Pero, si detrás de todo el sistema de ideas hegeliano no hubiera más que un lenguaraz altisonante ¿estaríamos ahora utilizando los conceptos, por ejemplo, de dialéctica, de Espíritu objetivo o de Estado desde la perspectiva en que él los situó? Foucault ya advirtió que siempre estamos consiguiendo desembarazarnos de Hegel —de su idealismo, he creído entender yo— pero de nuevo volvemos a caer en la red de sus ideas, que contienen un largo poder, una profunda inercia.

Estos días y en este año 2007 –coincidiendo con el bicentenario de la publicación de la Fenomenología del Espíritu— algunos especialistas y estudiosos están intentando esclarecer esa difícil y contemporánea filosofía, desde Alemania, Argentina, Chile, Madrid y Oviedo —entre otros lugares— Los días 7, 28, 29 y 30 de mayo, en el Aula Magna de la Universidad y en el Auditorio Príncipe Felipe de la capital asturiana, hemos tenido la ocasión de desvelar algún enigma escondido tras la oscura y potente semántica hegeliana, de la mano de Duque, Hidalgo, Herranz, Urbina, Escudero y Álvarez González.

Félix Duque, venido de Madrid, nos introdujo, el pasado 7 de mayo, en la relativización extrema que sufre el sujeto individual al ser engullido por el Espíritu absoluto. La subjetividad individual humana queda tan triturada que ha de cambiarse la concepción que de ella teníamos si hemos de querer recuperarla.

Alberto Hidalgo nos mostró una de las líneas más potentes de recuperación del Hegel fenomenológico, en cuanto un verdadero iniciador de la Sociología del conocimiento, en la forma de una sociología de la cultura, y en la medida en que habría sido el primero que de modo claro trató de explicar los procesos culturales desde sus contextos determinantes.

Fernando Pérez Herranz, de la Universidad de Alicante, nos llevó al terreno donde la filosofía y la ciencia comparten una estrecha frontera, justo el lugar donde pretendió moverse Hegel y justo la frontera que Hegel quiso superar. Con Herranz aprendimos que el Espíritu es un hueso (el cráneo), pero un hueso que habla, y que su semántica no se extrae únicamente de la sintaxis, como en la máquina de Turing, sino de su conexión con el mundo, trabados como están ambos en el concepto, porque en definitiva el cerebro y el mundo material son Espíritu.

Después vino Ricardo Sánchez Ortiz de Urbina, catedrático emérito, a llenar de ricas lecturas y matices finos la complejidad hegeliana y a iluminarnos con  unos claros trazos sobre el modo de desenredar toda la madeja fenomenológica hegeliana desde una inversión entre el lugar que habrían de ocupar la conciencia y la autoconciencia. Al permutar los lugares respectivos de la conciencia y la autoconciencia, desde una fenomenología actualizada, estima Urbina que se aclara cierta confusión que encontramos en el teutón.  La herencia hegeliana se transforma en la ideología del humanismo, pero sin olvidar que Hegel es un habilísimo desenmascarador de tipos humanos (el intelectual, el alma bella, etc.), senda que recorrerán a su manera después Marx, Nietzsche y Freud.

Santiago González Escudero nos mostró la incidencia que el espíritu de la tragedia griega habría arrojado sobre la dialéctica fenomenológica hegeliana. Hegel no estaba improvisando cuando hablaba del movimiento histórico del Espíritu, porque lo había aprendido en Homero, en Platón y en Aristóteles y de manera muy singular en todo lo que representaba la tragedia griega como expresión real de un espíritu encarnado, el espíritu del pueblo griego.

Finalmente Álvarez González, venido de la Autónoma madrileña, desentrañó con precisión de cirujano el concepto de subjetividad hegeliana. Ésta no es ya la del sujeto trascendental kantiano ni la del mero sujeto empírico: la autoconciencia del hombre no se construye mirando hacia un adentro sino siempre en otra autoconciencia y a través del desarrollo ininterrumpido de un concepto que deja ya de tener caracteres subjetivos para contener el impulso universal del despliegue de la vida, que es la del Espíritu. El Espíritu es la única existencia definitiva. Dios convertido en Espíritu en desarrollo.

La dramatización de todo este engranaje de ideas,  una pocas de las cuales he rememorado torpemente, hay que agradecerlo al Espíritu objetivo de la Sociedad Asturiana de Filosofía y a los participantes que allí concurrieron, que como espíritus libres y elegidos de los dioses disfrutaron de aquellas sinuosidades dialécticas y fueron descubriendo el sentido vivo que las atravesaba.


                                                                                                          SSC
                                                                                                          7 de junio de 2007


Publicado en: «La sombra de Hegel)», La Nueva España, Suplemento Cultura nº 770, pág. VI,  Oviedo, jueves, 7 de junio de 2007.